Se diría que habría que responder con una posición de unidad solidaria para tratar de evitar los efectos dañinos que puedan causar los designios de Bruselas. Ocurre, sin embargo, lo contrario, hay en Gijón una bronca permanente -con presencia indígena, pero casi mayoritaria en apoyos alóctonos- contra la industrialización: no a la ampliación de El Musel, no a la cementera y a la térmica de Aboño, no a la regasificadora, no a ArcelorMittal, no a la ZALIA, no a la construcción de viviendas en zonas consideradas hasta ahora rurales...
El ruido que se hace, pese a la ayuda del equipo habitual de palmeros mediáticos, tiene alcance limitado, pero ello no impide recordar que la exigencia de conductas respetuosas con el medio ambiente debería excluir frivolidades suicidas que proporcionaran pretextos para deslocalizaciones catastróficas para el empleo. A ver dónde iba a trabajar entonces gran parte del vecindario del concejo de procedencia de algunas de las abigarradas siglas participantes en la cruzada antiindustrial, todas ellas, las de aquí y las de allá, con militantes tan entusiastas en esta tarea como faltos de curiosidad por las peculiaridades de la larga y variada gestión del alcalde de Oviedo, que quiere representarlos, a ellos también, en el Congreso de los Diputados.





