
No obstante, lo hace todos los días, con el apoyo de dos bastones y de su hija Ángeles, Geli, con la que vive en Gijón desde hace siete años. Ella fue una de las impulsoras de que el Mesón de Mareo, se convirtiera en el centro de reunión de una familia que, por sus dimensiones, «es difícil de juntar», aseguraba el hijo de Geli, Julio, otro de los artífices no sólo de la velada, sino también del buen estado físico de su abuela. Masajista, entre otros clubes, del Marino de Luanco, cuida de ella como del mejor fichaje.
Resultó complicado de organizar el festejo, pero el 'cumple' de la abuela fue motivo suficiente para que algunos llegaran desde México. Como Rafa, en representación de su padre y tocayo, nieto de María, que no pudo viajar. «Aquello está muy lejos y es muy costoso el desplazamiento. Pero mi padre quiso que yo estuviera aquí», dijo.
Flores, ropa y útiles domésticos perdieron su envoltura de regalo ante la mirada cada vez más emocionada de María que aseguraba «no pedir nada, porque ya tuve todo lo que quise». No significa eso que la vida fuera fácil. «Hubo que trabajar mucho». Para sacar cuatro hijos adelante «mi marido (fallecido en 1989) se hizo cargo de la carpintería de su padre y yo de la huerta y la cuadra familiar», seis vacas que permitieron que «aunque no tuviéramos nada, por lo menos, en casa no hubiera hambre».
Ayer tampoco la hubo. El pantagruélico menú no achantó a la protagonista que dio buena cuenta el pastel de merluza, el cordero lechal y, cómo no, de la tarta de cumpleaños. El año que viene serán 101.





