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Recursos humanos
31.01.08 -

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HACE más o menos un año que fui a visitar a mi amiga Rosa al hospital donde estaba recuperándose de una intervención de reducción de estómago practicada en una clínica de cirugía estética. Allí me contó lo que había pasado y que intentaré trasmitir de forma ordenada y con cierto estilo por lo que tiene el caso de extraño y anecdótico:

La directora de recursos humanos de Point Black Ibérica pronto olvidó lo que Pilar le había contado sobre la extraña enfermedad de Rosa. Hacía unos días que varias de las empleadas comentaban lo que Rosa había engordado, que qué le pasaría que se estaba cuidando tan mal; cuchicheaban a sus espaldas poniendo caras de desagrado cuando se referían a su barriga o a lo mal pintadas que llevaba las uñas de los pies.

Nunca pensaron que estuviese embarazada, pues ya tenía tres hijos y capacidad suficiente para decidir si continuar con un embarazo fortuito, no en vano todas sabían que había abortado al menos una vez en una clínica que más de una también conocía.

Rosa, que poseía el don de la naturalidad, producto de su buen corazón y una sencillez heredada de su origen humilde, les había contado en repetidas ocasiones los síntomas de su malestar o molestia. La verdad es que no sabía cómo definirlo, pero ella se expresaba de forma que cualquiera podía entender lo que sentía. «Tengo como un peso dentro del estómago», decía, «y me siento hinchada, como si acabara de comer una fabada».

Pasó casi una semana desde que Rosa se sincerara con sus compañeras y comenzaran a tener unas y otras síntomas que se definían de forma parecida, aunque cada una iba añadiendo diferentes matices, siempre según cuáles fueran su carácter, preocupaciones o puesto en el escalafón empresarial.

Pasó otra semana antes de que alguna de ellas trajera noticias frescas sobre el malestar que las entretenía y el extraño cambio en la línea de Rosa, que no había engordado más, lo que tranquilizó bastante al grupo que la tenía como un conejillo de indias a la espera de una evolución inesperada para el mal.

Fue cuando Pilar trajo buenas noticias: «es un virus, un virus», dijo alegrándose; se lo dijo el médico a la prima de un compañero de trabajo de mi marido que estuvo con ella el fin de semana en Salinas. Comentándolo, el amigo de José se dio cuenta de que eran los mismos síntomas que yo le había dicho sobre Rosa y los que después tuvimos todas, así que no nos tenemos que preocupar, es un virus, un virus

«Seguro que es del agua», dijo Elena mirando el gran reloj serigrafiado con el logo de la empresa que le regalaran el día de su nombramiento como directora de recursos víricos, quiero decir humanos, «últimamente sabe mucho a cloro. No sé, algo que comimos, el aire acondicionado, vete tú a saber».

Con la tranquilidad que produce un virus doméstico y la compañía que proporciona saber que lo compartes con varias personas cercanas, Elena cerró la puerta del despacho, se despidió del mal hasta el lunes y se dirigió a su casa para cambiarse de ropa, pues había quedado para ir al cine con un novio que apuntaba buenas maneras como posible marido, uno que quizá fuese el definitivo.

Ese fin de semana hizo mucho calor, pues se acercaba ya el 4 de julio. Pilar, Rosa, y Elena decidieron ir a la playa por separado, sin que ninguna supiera de la otra. Cada una con su marido o novio o amigas o familiares, fue relatando el extraño caso de su malestar estomacal que avanzaba produciendo una hinchazón en la barriga que desfiguraba el idealizado vientre plano y que desde la perspectiva natural que el cuerpo humano proporciona, en este caso por debajo de las tetas, cada vez se parecía más al globo gastrointestinal que predomina en algunos países devastados por la miseria.

El domingo por la tarde, todas pensaron en llamar al médico y pedir la baja, pero en su lugar se llamaron unas a otras para comentar la evolución del mal y coincidieron en que algo no iba bien, no había dolor como tal, pero sí un principio desasosegante: no había una inflamación clara, pero sí, una hinchazón de evolución variable, no había molestias intestinales ni meteorismo declarado, pero sí, una sensación de centrifugado que aún era más difícil de explicar.

Decidieron verse en el trabajo al día siguiente para saber cómo operaba el virus en el resto de las compañeras y después tomar decisiones, no en vano no era el mejor momento para coger una baja colectiva y dejar a la empresa sin recursos justo antes de las vacaciones de verano. Pero, y si fuera una intoxicación colectiva producida en el lugar de trabajo y podían aprovechar el caso para poner de manifiesto unas condiciones laborales en claro desajuste con lo pactado en el convenio, quizá podrían mejorar su situación ejerciendo una presión con una razón de peso que les diera fuerza y legitimidad para cambiar las cosas.

En la pausa del café, a eso de las once de la mañana, se celebró una asamblea clandestina, donde cada una declaró su malestar con el servicio de catering que proporcionaba la empresa y su condición de 'mileuristas'; también declararon sentirse en un gueto sin recursos para medrar dentro del organigrama empresarial y que los sueldos eran al menos un 20% menor al de sus compañeros masculinos.

En un momento de absoluta sinceridad se insinuaron posibles casos de acoso laboral e incluso alguno de índole sexual, tomando la decisión de acudir al médico de la empresa para que efectuara los análisis que determinaran el origen del malestar que las aquejaba.

Decidieron por consenso que fuera Elena -debido a la mayor credibilidad que proporcionaba su rango- la que fuera a consultar las causas y aclarar definitivamente qué era aquel mal.

Una vez solicitada la consulta médica, llegó el día de la esperada visita al centro de salud de la mutualidad y Elena fue sometida a todo tipo de análisis que concluyeron con un plazo de tres días para conocer los resultados.

No volvieron a comentar nada en esos tres días, aunque no dejaron de mirarse a los vientres para observar si continuaba la hinchazón.

Al fin, llegó el resultado de los análisis, por lo que se celebró otra asamblea clandestina en la sala del café, donde la directora de recursos humanos de Point Black Ibérica, con la tez pálida y la voz trémula, agotados los recursos y excitada por el café, leyó las conclusiones del estudio médico al que había sido sometida:

Elena Rodríguez Mateos, de treinta y cinco años, número de expediente: 33/0073535/PBI.

Diagnóstico del chequeo general: sufre una leve indisposición transitoria cuyo síntoma técnico es rumor estomacal.

El escándalo en la asamblea no se hizo esperar y la toma de conciencia fue unánime, no dudaron en presentar una querella criminal colectiva contra la Real Academia Española.

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