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GIJÓN
La curiosidad
05.02.08 -

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LA curiosidad es aguijón que la naturaleza ha implantado en el núcleo gris del fisgoneo, en los archivos cerebrales del deseo, en el miembro mental de las preguntas. Es algo bueno como buena es también la incertidumbre, me quiere, no me quiere, aunque algunos no la soporten, ¿ay mamá, qué es eso!, y sufran estados de ansiedad por su culpa. Pero es la curiosidad por el futuro, por el porqué, por quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos, lo que mantiene en pie a los seres vivos, pues es una droga inmaterial que provoca adicción a la existencia, qué pasará, quién vendrá, y nadie quiere perder su tique de entrada al estadio de la vida sólo por observar el porvenir sentado en la grada, con la almohadilla de la curiosidad bajo culo. Pasa un poco como con Eurovisión: nadie escucha las canciones, pero ninguno se pierde la votación final, eso de 'Espein, uan point'. Porque nos gusta estar siempre atentos a la realidad, para disfrutar del espectáculo del azar sin perder comba, repantigados en el palco de nuestra propia vida. ¿Quién ganará las elecciones? ¿Caerá este avión y seré único superviviente, como en las películas? El día 14 es San Valentín, ¿se acordará? ¿De qué nacionalidad será el próximo novio de Ana Obregón? ¿Y el de Sara Montiel o el de Marujita Díaz? Y así con todo. Una gozada.

El hombre es una compleja máquina bioquímica que viaja desnudo, a dos patas, sin brújula y a la deriva, por un tupido bosque de incógnitas. Es el único mamífero que conoce el final del camino, la fea meta, y por eso precisamente hermosea su camino con la incertidumbre de lo que espera en cada recodo, el lobo o Caperucita. Incluso quienes han perdido la memoria mantienen viva la curiosidad por lo que puede suceder. No lo traslucen, pero mientras algo pasa delante de sus ojos, se ve cómo viejos desmemoriados semiciegos lo degustan con fruición y se relamen, por más que luego lo olviden a la espera de un segundo plato.

En las sociedades muy avanzadas, en las que nunca ocurre nada inesperado porque todo está pautado y ordenadito, la curiosidad desaparece suplida por el tedio. Por eso se suicidan mucho, porque les da lo mismo estar muertos que vivos, como en el África del hambre y el cayuco, pero al revés y en Suecia. En España, gracias a nuestro carácter borracho y dinamitero, sobran las incertidumbres con las que divertirse y abundan las preguntas sin respuesta. ¿Regresará Raphael a las galas navideñas del Pardo en 2009? ¿Renovará contrato ese enano nazi que manipula la realidad desde la emisora del odio y de la cizaña? ¿Declararán a Gijón reserva internacional de la biosfera por la cantidad y calidad de sus feos, pero feos feos de los de exhibir en una Feria de Dermoestética Inversa? ¿Existe otra vida y Benito está en lo cierto, o no existe y Benito nos está timando para cobrarse el óbolo? Son preguntas que todo curioso debe plantearse, que en eso consiste el ser cotilla, en responder a preguntas que nadie formula en serio. El universo, ¿se expande, o se cae? Quien ha compuesto el vallenato electoral de Rajoy, ¿será futuro ministro general del Movimiento o será del Meneíto? Si el ultraderechista Partido Episcopal, PE, ganará unas elecciones, ¿las multas de tráfico serían un credo y dos avemarías? Cuando en el futuro desaparezcan los pobres, ¿habrá partidos de izquierda? En la inminente boda del príncipe Albertito de Mónaco, ¿qué novio llevará más floripondios por encima?

Ahora bien, el auténtico picor de la curiosidad en carne viva lo sentí al ver que Gabino de Lorenzo encabezaba las listas del PP y preguntarme, ¿habrá algún ciudadano de Gijón que dé su voto al alcalde de Oviedo?

Me reconcome la curiosidad. Y me reconcomerá hasta el día después.

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