La sardina Superdina, con su inseparable Superconcha, abrió desfile, calentando ya un ambiente que se había librado de la lluvia pero no del frío. Pequeños y no tan pequeños esperaban a lo largo de toda la avenida de La Costa a los 54 grupos previstos (el año pasado fueron 46), a los que se sumaron unos cuantos antroxeros no organizados, pero sí muy animados. Y comenzó la lluvia de confetti, y una de las primeras formaciones, la de la Residencia Ángel de la Guarda, avanzó una escena que luego se repetiría varias veces a lo largo del desfile: Gijón se convirtió por unas horas en el lejano Oeste. Y de su mano llegaron indios y vaqueros, la caravana, el pianista, las bailarinas e incluso la partida de póker. Con un as bajo la manga, evidentemente. Les siguieron curas, monjas, azafatas de vuelo, amantes del reciclaje, bailarinas de las 1.001 noches, 'currantes' de la fábrica e incluso una tuna.
Porque la música fue otra de las grandes protagonistas. Desde las rondas del Grupo Chillida a la discoteca de Los Cilúrnigos, pasando por los ritmos más brasileños de la Comparsa O Culo Moyau que, sin duda, deslumbraron con sus vestidos blancos y dorados. Pusieron también música los dos circos que desfilaron por La Costa. Los payasos de la tele sonaron en varias ocasiones. Sonó también la música de los 70, con Los Llano Vamos, y sonaron las voces de los seguidores del Sporting, por dos veces. Primero, con la Asociación de Vecinos de La Providencia y, después, con la Federación de Peñas Sportinguistas. Los primeros pusieron la solución a los problemas del equipo: «Pataes y huevos», repitieron una y otra vez. Y con ellos, Don Pelayo, que al parecer opinaba lo mismo. No faltaron las míticas canciones de Abba, de la mano del Gimnasio Ed Johnson. Y se dejaron oir también sones rusos, con la Asociación de Vecinos Vegas Bravas, de Poago.
«Pajarracos» y conejos
Fue colorista el desfile, menos reivindicativo, quizás, que en otras ocasiones. Ni siquiera los vecinos de San Andrés de los Tacones, otras veces mordaces, apuntaban ayer quiénes eran los «pajarracos» que sus muñecos espantaban. Sólo la Asociación Cultural Trazos mencionó a un político (Areces, en concreto), y algunas de las grandes obras que se están llevando a cabo en la ciudad. Eso, y el mensaje de un espontáneo sobre el tan comentado conejo de Navidad fueron prácticamente las únicas referencias a la política o los temas de actualidad, a pesar de estar muy cerca las elecciones.
La crítica más contundente fue, quizás, la del Grupo Escanda que, con surrealistas trajes, denunciaron los alimentos transgénicos. Aunque tampoco faltaron los curas, monjas y algún que otro obispo. E incluso el Papa en su Papamóvil. Bueno, y una operación en directo, de la mano de los irónicos Los que faltaban que, bajo el lema Corta y Pega, ironizaron sobre la situación de la sanidad.
Porque las charangas habían dejado toda su crítica y sarcasmo en las tablas del Jovellanos y ayer se centraron en lucir trajes, ensordecer con sus tambores y practicar una y otra vez sus coreografías, con las que cosecharon muchos aplausos. Otros, aprovecharon para hacerse ver. Como los de Poago, que encabezaban su carroza con un contundente «Poago existe a cinco kilómetros de Gijón».
Hubo fantasía veneciana en varios grupos, y también varias fiestas de la cerveza. Hubo damas de época y caballeros con sombreros de copa. Apareció un soldado de guerra, cerca de los mayores que se casaban en la residencia de Xolgoriu baxiu l'horriu. Desfilaron frascos de pintura y paletas, Astérix y Obélix y toda la familia Pin y Pon, con guardias civiles incluídos. Con un verde algo más chillón que el de verdad.
Todos fueron vigilados por 184 efectivos de seguridad, entre Policía Local, Cuerpo Nacional de Policía, Bomberos, seguridad privada, Protección Civil, organización del Jovellanos y ambulancias. Al final, todo transcurrió sin incidencias. Quizás influyó la presencia del SUAT, el cuerpo policial de elite ayer reconvertido en Antroxuat. De negro, armados hasta los dientes y descendiendo de su helicóptero, fueron incluso capaces de camuflarse en coches. No fue fácil su tarea: tuvieron que librarse de tiros de vaqueros, flechas de indios e incluso de una enorme bola de demolición que sobrevolaba cabezas. Pese a todo, en casi tres horas unos y otros lograron llegar a la meta, en El Humedal, poco antes de que Jerónimo Granda se lanzara con sus Coplas de Antroxu.







