Una caverna oscura. En el centro, una caldera en ebullición. Declama Sibila:
«Giremos en torno de la ancha caldera, / y cuaje los filtros la roja lumbrera. / Oculto alacrán que a las peñas sombrías / sudaste veneno los treinta y un días, / se tú quien se cueza de todos primero / al fuego del bodrio que dora el caldero».
Turno de Morgana:
«Echemos el lomo de astuta culebra: / su unión con el caldo el infierno celebra; / garguero de buitre y de vil renacuajo; / alas de murciélago, pies de escarabajo, / ojos de lagarto, lengua de mastín, / pluma de lechuza y piel de puercoespín. / Así nuestro hechizo, y al hado le pese, / desgracias y horrores igual contrapese».
Recita Nostramemus, con voz aflautada y un pelucón sobre la testa:
«Colmillos de lobo, fauces de dragón, / humores de momia, hiel de tiburón, / sacrílegas manos de infame judío, / infectas entrañas de macho cabrío, / raíz de cicuta, de noche cogida...».
Ante la posibilidad de que algún lector le pille el gusto a la lectura del coleguilla inglés en detrimento de nuestro racial Monchu el Liras, abandono la transcripción del ensayo. Al final del mismo, las dos brujas practicaron al alimón y alanaranja la oriciomacia y me vaticinaron:
«Hacia el 2060 te reencarnarás en un animal consonante con tu personalidad: serás un besugo».
Al profeta Nostramemus no le solicité nada, dado que el hombre me tiene enfilado con aojamientos maléficos desde que se equivocara al predecir que un servidor no llegaría vivo al siglo XXI. Y que conste que le pedí las más sinceras disculpas.





