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GIJÓN
La sardina pide a los gijoneses que cuiden la ciudad, que se queda «sin carbón y con hipotecas»
Superdina riñó al Sporting, criticó a la Iglesia y a Gabino de Lorenzo y dudó de la apertura del balneario El ruido de los tambores de las charangas y los fuegos artificiales despidieron el Antroxu 2008

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La sardina pide a los gijoneses que cuiden la ciudad, que se queda «sin carbón y con hipotecas»
CORTEJO FÚNEBRE. Las Hermanas de las Raspas portan a Superdina, camino de su entierro. / JOAQUÍN BILBAO
Murió de pena. El malestar había comenzado a la una de la tarde. «¿Ay, qué mal me encuentro! ¿Ay, que me mareo!». Superdina estaba triste. «¿Ay, el mi pixín que marchó con la trucha!», lamentaba la sardina en el paseo de Begoña. Poco pudo hacer Superconcha, siempre a su lado, siempre solícita. Y poco consiguió la Banda de Música de Gijón. Bailó a su ritmo la sardina sus últimos sones con el Paquito Chocolatero, la canción con la que se había enamorado del pixín. Le ayudaban los niños para que no cayese. Le prestaban abanicos. Llegó la ambulancia. Llegaron los sanitarios, pero nada podían hacer ya. Directa al tanatorio del acuario.

Superdina murió ayer, pero dejó, como siempre, testamento. Y como siempre también, crítico. Se despidió de los gijoneses no sin antes pedirles un favor: «Velad por Gijón, velad por que no le falte empuje y tenacidad». Que le hará falta, porque la sardina no pudo evitar despedirse de un Gijón «que se queda sin carbón». Y de unos gijoneses a los que deseó felicidad «a pesar de conejos e hipotecas, de solbes y de pizarros, de caleyas y de huernas». Más problemas aún, porque Superdina deseaba para Gijón un tratamiento en el centro de talasoterapia, pero... «si es que algún día se abre, que tenemos ya el pelleyu a punto de descarnarse».

Y aún otra cosa que no va bien: el Sporting. «A ver si en El Molinón dejan de hacer el loco corriendo por el estadio sin rumbo y acojonaos, que tienen a la afición en un si vivo o si non, con tan poca puntería y tanta mandanguería». Pero, a pesar de tanto inconveniente, a los que la sardina sumó la desaparición del 'Tomate', está segura de que la cosa irá bien. Incluso, de que Gijón será estrella de la gran pantalla, para lo que pidió colaboración al concejal de Turismo: «Josechu del alma mía, dale a Gijón la alegría de salir guapa en el cine».

Tuvo también Superdina tiempo para los políticos, ya que no olvidó las próximas elecciones, las de aquí y las de Estados Unidos: «Que si Clinton, que si Obama, o Rajoy o Zapatero, promesas al mundo entero que juegan al doble o nada». Pero, entre los políticos, el peor parado fue, sin duda, el alcalde de Oviedo: «Y don Gabino, el equino, que imitando a José Mari, habla playu entre los suyos, como 'el jefe' el catalán... ¿A mí me la van a dar ambos los dos! ¿Anda ya!»

Hermanas de las Raspas

Fue su última palabra, pronunciada ya por boca de una de las muchas plañideras que ayer lloraron a Superdina. Entre ellas, como es habitual, la propia gerente del Teatro Jovellanos, Carmen Veiga. La sardina, portada a hombros desde el paseo de Begoña hasta el Marqués por monjas de la Congregación de las Hermanas de las Raspas y las Cuatro Espinitas, fundada por ella misma, presidió de cuerpo presente la lectura de su testamento. El cadáver había hecho el recorrido acompañada de viejos amigos, de las trece charangas, de algún espontáneo que se sumó al cortejo fúnebre y de miles de gijoneses que volvieron a salir a la calle, aprovechando además las buenas temperaturas, para darle a Superdina el último adiós. Habían llenado absolutamente el paseo de Begoña y las calles de San Bernardo y San Antonio. Y junto a Pelayo no había ni un hueco.

La pena de algunos contrastaba con la alegría que mantenían aún las charangas, especialmente Los Restallones, ganadores del concurso, que hicieron pasillo al resto de formaciones a su llegada a la plaza del Marqués. Mantenían el ritmo y las ganas de fiesta, aunque más de uno y de una tuvo que buscar un rincón donde descansar. Fue por poco tiempo, porque en cuanto el coche de la funeraria se llevó a la sardina camino del puerto deportivo, los tambores volvieron a sonar. Y lo hicieron, sin parar, durante muchos minutos, todos los que duró el espectáculo de fuegos artificiales, y alguno más. Porque, enterrada la sardina y apagadas las luces del cielo, las charangas continuaban ante el Palacio de Revillagigedo, atados al lugar y a la fiesta. De hecho, más de uno regresó a casa haciendo sonar el tambor. Por eso tampoco era de extrañar ver algunos dedos vendados. Señales de Antroxu.

No les pudo a los charangueros el cansancio, pero sí a Superdina, que a buen seguro influyó su apretada agenda antroxera en su trágico fin. Porque Superdina no había desde que, hace unas semanas, fuera presentado el programa del Antroxu gijonés. Estuvo con los escolares, estuvo con las comadres, ha estado en todos los concursos de disfraces y charangas y, evidentemente, no se perdió el gran desfile del lunes. Ya lo decía ella en el testamento: «Venga a darle al cuerpo caña con ritmo y con mucha maña».

«Otra sardina que se nos va», lamentaba Superconcha. Ellas que habían llegado para proteger a todas las especies marítimas, ellas que pregonaron el «¿No a la tala!». Pero, una vez más, llegó a Gijón con fecha de regreso a la mar. Y a ella volvió «para contar lo que vi y lo bonito que fue convivir con estos playos».

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