(Me van a permitir este paréntesis para explicarles que en los puntos suspensivos mi sufrida parienta interrumpió el tecleo de la columna y preguntó:
-¿También es socio de la peña Francisco Álvarez-Cascos?
-No, mujer, me refería de forma genérica a las conchas y caparazones de ciertos moluscos y crustáceos).
...entre los que figuraban unas cuantas docenas de ostras, a cuya calidad aludió de esta guisa el apodado Dascoíte:
-¿'Ostrardinarias'!
Luego, el sempiterno autor del 'Diccionario del disparate' se explayó sobre vocablos y dichos de su obra referidos a mariscos. Por ejemplo:
-A un amigo homosexual, que es muy aficionado a los frutos de la mar, lo llamo 'mariscón'. El que se halla casado dos veces a un tiempo es un 'bígaro'. Mío es aquel refrán que afirma lo de que «no hay en el mundo mierda más rica que la del carro de la andarica». O aquel otro que reza: «El muerto al hoyo, y el vivo al centollo».
El gastrónomo Farturo Farias puso el toque erudito:
-En su 'Gran Diccionario de la Cocina', Alejandro Dumas se compadece de las ostras al considerarlas como el molusco más desheredado, tanto por ser acéfalo como por carecer de órganos de la vista, del olfato y del oído. No obstante la compasión que aseguraba sentir, el escritor fue un gran ostrófago. Otros que no le iban a la zaga eran Voltaire y Jonatham Swift, que consideraban las ostras como un excelente aperitivo y eran perfectamente capaces de zamparse doce docenas de una sentada.
-Ye que por aquel entonces no existía la viagra, y les ostres son afrodisíaques -intervino Nolo Vasllenar, relevado finalmente por Sibila, la bruja del Natahoyo:
-Pues sabed que está científicamente demostrado que los mariscos tienen zinc e incrementan la lubricación vaginal.
¿Ostras, Pedrín!





