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Pasolini y los fuegos de París

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Pasolini y los fuegos de París
GASPAR MEANA
SI Pasolini hubiera podido ver los cíclicos brotes de violencia que se producen en los suburbios franceses, le hubieran interesado, cuando no identificado con estos muchachos cuya ira se convierte en llamas de fuego. Para este creador italiano, los estudiantes que pedían el poder para la imaginación en mayo del 68 eran unos niñatos y llegaba a identificarse más con los policías que les reprimían, porque éstos solían pertenecer a las clases más desfavorecidas. En ese análisis, el tiempo le ha dado una parte de la razón, y es que la mayor parte de dirigentes de aquella rebelión, más que revolucionarios, tenían el sarampión rebelde de la adolescencia. Pero a las puertas del cuarenta aniversario de aquella rebelión hay que reconocer que es uno de los últimos intentos de asalto al 'palacio de invierno' producidos en territorio occidental.

Para Pasolini, hombre con una cosmovisión propia y singular, aquellos jóvenes intelectualizados no eran ninguna fuerza de vanguardia transformadora, sino que ésta podía residir en aquellos hijos de campesinos e inmigrantes que se habían criado en los suburbios de las grandes urbes europeas. Eran éstos quienes estaban al margen del consumo que invadía a unas clases obreras que las convertía en clases medias. Los habitantes de los suburbios poseían aún esa cualidad de no tener nada que perder más que las cadenas, pues sus originarios históricos ya no eran los famélicos habitantes de miserables viviendas que describía Engels, sino gentes con piso, coche e hipoteca. Las dificultades económicas en una etapa de su vida y que fuese vecino de uno de esos barrios en Roma, lo que unido a su condición de marginado por sus preferencias sexuales y un peculiar romanticismo, le convirtieron en una especie de miembro de honor de ese lumpen. Un lumpen que generalmente ha despertado recelos en la izquierda más tradicional, una de las cuestiones no hace extraña su expulsión del PCI.

Pero donde mejor retrató a ese lumpen del que se sentía tan cercano fue en el campo del arte. Películas como 'Accatone' o 'Mamma Roma' y la novela 'Una vida violenta' nos hablan de la profunda desazón de unos seres nacidos en una tierra de nadie, separados de la urbe por un espacio geográfico como metáfora de su exclusión del mismo. Han perdido sus orígenes, pero no para encontrarse con otro, sino con un muro invisible que les impedía la entrada a la sociedad del bienestar, quedándose en un subterráneo país de abajo. Eran hijos de los trabajos mal pagados y despreciados socialmente, colocados por el Estado en las listas de la beneficencia social y, como suele ocurrir en esos casos, engrosadores de ese hotel de pobres que son las cárceles. La mirada a estos sectores sociales por parte de Pasolini se situaba entre el misticismo cristiano, que a veces se mostraba en las propias imágenes cinematográficas, y los planteamientos de un Krophotin que veía un potencial revolucionario en la delincuencia.

En aquella época, el consumismo apenas estaba en pañales, pero él ya señalaba que el crecimiento de éste haría conciliadores y pacificos ciudadanos a los que podían participar de ese consumismo, al igual que convertirían en irascibles y violentos a quienes estuviesen excluidos de ese festin. Él nos hablaba de gentes mayoritariamente procedentes del empobrecido sur italiano; los rebeldes de los suburbios de París proceden de un sur mucho más lejano, pero, salvando esa y alguna otra cuestión, su visión parece profetica.

En la película francesa 'Violencia', nos narra la historia de un grupo de jóvenes magrebies que una noche pierden el último tren para ir a su barrio. No poseen el dinero para regresar a casa y deciden conocer la diversión de la ciudad de la luz; son muchos los escaparates, los espectáculos, el deseo que habita en aquellas calles, pero sus pocos billetes apenas alcanzan para nada. Se encuentran, además, con la mirada recelosa y despreciativa por su color de piel. El resultado será que las aspiraciones de unos adolescentes como otros cualquiera terminará con ellos amaneciendo convertidos en delincuentes.

En una sociedad de mercado donde el consumo es uno de los valores de la ciudadanía, estar limitado o excluido de ésta es ser un ciudadano de segunda o tercera. No se puede ofrecer un pastel y excluir a unos cuantos, porque a lo mejor se mosquean. Así, en estas erupciones violentas, lo que han sido pasto de las llamas son, en esencia, símbolos: coches y centros comerciales. También han alcanzado las llamas bibliotecas y otros elementos públicos. No se trata de que actúen contra la educación o la cultura, como algunos han dicho; es el hijo matando al padre del que nos habló Freud en una especie de versión social. Es el fracaso del Estado benefactor en su papel de padre protector, que, además, lo hace también en una vertiente, la identitaria, que es hoy uno de los elementos fundamentales que sensibilizan(de una u otra forma) a los habitantes de este globalizado mundo. Cada cual busca su singularidad en un marco comunitario y los suburbios parisinos parecen proporcionarlo en una doble vertiente: ser pobre y tener un origen que difiere del nacional francés. Para estos muchachos, quizás 'La Marsellesa' no les provoque ínfulas patrióticas y subversivas. Es ese padre que tiene el rostro de Sarkozy una composición de esas tres 'P' (padre, patria, patrón) que convierte a estos ciudadanos en tercermundistas pobladores del Primer Mundo.

Pero la paradoja más brutal es que estos fuegos, más que alumbrar una revolución, son la mecha de la reacción. Si tras el mayo del 68 De Gaulle arrasó en las elecciones, quien reprimió estos brotes de violencia pasó de ministro del Interior a presidente. Es la contradicción de una Francia, cuna de ideas revolucionarias, de vanguardias sociales y artísticas, que, sin embargo, fue ocupada por los nazis con tantos colaboracionistas como resistentes. Es algo que no alcanzó a ver Pasolini, que la globalización crea en Occidente unos jardines donde unos tienen el acceso restringido, lo que provoca su rabia frente a la fiereza con que otros lo defienden.

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