El teatro de la Laboral requería la ampliación de su caja escénica. Pero, ¿cómo insertar el nuevo volumen, notablemente mayor y de problemático encaje en el lugar? La respuesta a este dilema la ofrece el propio edificio de Moya cuando integra la torre, la iglesia o el paraninfo: consiste en adoptar un compromiso entre lo singular y el conjunto. Los elementos relevantes imponen forma y dimensión y el conjunto impone el material, el cromatismo y la textura de la piedra homogeneizadora. Equilibrio y buena mano. No es la única fórmula pero es la que está allí mismo y funciona. Hubiera bastado leerla y aplicarla.
Pero no se ha hecho así en la reciente actuación. Huyendo, quizás, del temido mimetismo historicista, la nueva caja escénica asume la gran dimensión y la forma autónoma pero renuncia a integrar material, textura y color. Solamente una resolución de indiscutible brillantez -y no es el caso- podría permitirse la suficiencia ensimismada de ignorar el contexto y renunciar al más mínimo diálogo con lo existente. Lo realizado supone una apuesta muy fuerte y, a mi juicio, fallida. Paradójica y tristemente, la presunta promoción de la cultura empieza por lesionar frívolamente la cultura ya existente, el propio edificio.
Y es que en tan delicados asuntos los buenos planteamientos estratégicos no garantizan el éxito, pero los arbitrarios - es decir, retirar de la dirección de obra al arquitecto Miguel García-Pola, ganador del concurso previo, e ignorar su propuesta- sí suelen asegurar el fracaso.





