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15.02.08 -

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EN materia de tratamiento y reforma de edificios históricos no soy nada estrecho. Es más, tengo antecedentes. Creo que, salvo excepciones, los edificios históricos pueden ser actualizados, en la medida de sus posibilidades, para mejorar su funcionalidad.

El teatro de la Laboral requería la ampliación de su caja escénica. Pero, ¿cómo insertar el nuevo volumen, notablemente mayor y de problemático encaje en el lugar? La respuesta a este dilema la ofrece el propio edificio de Moya cuando integra la torre, la iglesia o el paraninfo: consiste en adoptar un compromiso entre lo singular y el conjunto. Los elementos relevantes imponen forma y dimensión y el conjunto impone el material, el cromatismo y la textura de la piedra homogeneizadora. Equilibrio y buena mano. No es la única fórmula pero es la que está allí mismo y funciona. Hubiera bastado leerla y aplicarla.

Pero no se ha hecho así en la reciente actuación. Huyendo, quizás, del temido mimetismo historicista, la nueva caja escénica asume la gran dimensión y la forma autónoma pero renuncia a integrar material, textura y color. Solamente una resolución de indiscutible brillantez -y no es el caso- podría permitirse la suficiencia ensimismada de ignorar el contexto y renunciar al más mínimo diálogo con lo existente. Lo realizado supone una apuesta muy fuerte y, a mi juicio, fallida. Paradójica y tristemente, la presunta promoción de la cultura empieza por lesionar frívolamente la cultura ya existente, el propio edificio.

Y es que en tan delicados asuntos los buenos planteamientos estratégicos no garantizan el éxito, pero los arbitrarios - es decir, retirar de la dirección de obra al arquitecto Miguel García-Pola, ganador del concurso previo, e ignorar su propuesta- sí suelen asegurar el fracaso.

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