
La iglesia de San José reunió ayer a cientos de personas que quisieron dar el último adiós al finado y acompañar a su familia en tan sensible momento. Sus dos hijos -Justina y José Ángel-, sus yernos y su nieto estuvieron arropados por la comunidad educativa gijonesa, representada, principalmente, por los docentes más veteranos, los que habían tenido la oportunidad de compartir o recibir las clases del maestro nacional. Manuel Martínez Blanco ejerció su profesión a lo largo de 41 años y dos meses.
«Tenía una memoria prodigiosa y casi hasta el final de sus días leía periódicos y libros. Era mucho más que un maestro que aportaba conocimientos, con sus esfuerzos ayudó a muchos de los presentes a crecer como personas», resumió el párroco de San José y arcipreste de Gijón, Adolfo Mariño.
El religioso recordó como «Manuel era una persona silenciosa, discreta y que pasaba casi desapercibida, no quería medallas, pero al mismo tiempo tenía una gran fuerza y fe de donde le venía toda la vocación. Porque para ser maestro lo indispensable es tener esa vocación».
En los corrillos formados a las puertas del templo de personas que esperaban la llegada del coche fúnebre repleto de flores salían frases de agradecimiento y admiración. «Estaba siempre dispuesto a ayudar a los demás e incluso aún cuando ya no eran alumnos suyos», comentaba un grupo de profesores del instituto Jovellanos. Justo Vilabrille, concejal de Educación acudió como representación municipal al acto religioso, junto a Carmen Rúa, ex edil del área.
Amplio itinerario
Manuel Martínez Blanco dejó su vasta impronta en Llanera, Careñes (Villaviciosa), Gozón y Madrid antes de instalarse definitivamente en Gijón. En 1935 tuvo como primer destino la Escuela Graduada de la Carretera de Ceares (situada en un piso del antiguo Instituto de Jovellanos). A partir de ahí siguió su labor docente en el Patronato San José, la escuela de Tremañes, la 'escuelona' de El Llano, la escuela del Parque de Bomberos y desde 1950 a 1976, año de su jubilación, ejerció como Maestro Nacional en el grupo escolar Jovellanos, en sus diferentes ubicaciones de la calle de La Merced y en el edificio de la Antigua Escuela de Artes y Oficios.
El maestro nació en Mareo en 1906 y allí conserva su familia sus raíces. «Se nos va de forma física pero deja un gran legado a sus hijos y a los incontables amigos. Todos los aquí presentes guardan para sí gratos recuerdos de vivencias junto a Manuel», explicó Adolfo Mariño.





