La cuestión esencial no es que el Estado adelgace progresivamente a partir de la cesión de competencias o porcentajes fiscales a las autonomías. Esto, con ser importante, no pasa de lo económico y administrativo y los soportes de lo que es una comunidad nacional -estado, nación, patria- no anclan en lo administrativo o en lo económico sino, más bien, en el sentimiento de pertenencia a ella de los individuos que la integran. La pertenencia a una comunidad se siente en lo emocional y se sabe en lo racional. Me siento español -no se precisan lágrimas de emoción- y me sé español y no me interesa hurgar en qué precede o soporta a qué.
Este mecanismo de adscripción no funciona respecto a España en buena parte de los ciudadanos de algunas autonomías, en gran medida porque, a la edad infantil de los mensajes emocionales, han sido inoculados -vía educación transferida- por el germen de otra pertenencia presentada como incompatible con la española y excluyente de ella. Así pues, y al margen de la coyuntura política de cada momento, no es exagerado pensar que o se reconduce esta situación reasumiendo el Estado contenidos educativos orientados hacia la armonización integradora o la idea de España seguirá el proceso paulatino pero inexorable de disolución hasta un punto indeterminado en el que bastará certificar, ad-ministrativamente, su defunción.





