Pero los tiempos, y las tácticas electorales, cambian que es una barbaridad. Ahora, la campaña viene a durar, más o menos, cuatro años. La diferencia es que en los últimos quince días se puede pedir explícitamente el voto, y en los tres años, once meses y dos semanas anteriores, los mítines se hacen para batir el record mundial de loas, alabanzas y vivas a la madre que parió al candidato, pero no porque haya unas elecciones a la vista, ¿eh? Para colmo, han proliferado los palmeros y los reverenciadores, y los únicos apuros que pasan los candidatos vienen cuando se rompen una uña cortando una cinta o se saltan la dieta antes de subirse a un helicóptero.
Afortunadamente, alguien ideó los debates para hacer sudar la gota gorda a los aspirantes. Y para llenar de chicha los titulares de la prensa, en lugar de los típicos «Fulano promete el oro y el moro, menos impuestos, un AVE y un perro piloto». Somos así: nos va la sangre, y la política es como los deportes: sin contacto físico, no hay emoción. Los parlamentarios más televisados del mundo son los de Taiwán, que dirimen a mano abierta las mociones, y venden mucho los espectáculos importados del Senado italiano, con desmayos y todo.
Nixon tuvo el honor de ser el primer derrotado en televisión, y su gesto al acabar se parecía mucho al de Aznar en el 93 cuando, después de superar a Felipe González en el primer debate, se dejó escapar las encuestas y las elecciones en hora y media poco afortunada de segunda entrega. Aquella experiencia marcó una época. Tanto, que hasta ahora no se ha vuelto a repetir. Esperemos que no haya que esperar quince años para ver otro.





