Todo parece más o menos bien hasta que empiezas a correr el mobiliario y mientras quitas suciedad de lugares insólitos. Te vas organizando un planning que respetarás pase lo que pase, de ir organizando una limpieza semanal en condiciones. Ese organigrama hará que los chorros del oro sean una broma al lado de tus persianas.
Cuando uno está en esos periodos, disfruta y le cuenta a todo el mundo el quehacer que te ocupa y preocupa. Haces incluso ver a tus amistades que la limpieza es una prioridad en tu vida. Como a los políticos, no te creerá nadie. Y debates con quien sea sobre la necesidad de sacar la cristalería semana si, semana no. Y la vajilla buena, en días alternos.
Nadie es más limpio que tú. Además, estás tan acalorada, tan arrebatada con tus nuevos limpiadores y hasta tan colocada por el amoniaco, que vas y te lo crees. Vaya si te lo crees, como lo contrario, pasados los efectos Vim super-amoniaco, que ya no debe ni de existir.
Y mientras cepillas las alfombras, piensas: ¿cuánto hace que no limpio esto? Igual que los políticos, que de repente se dan cuenta de lo que no han hecho en cuatro años. O los aspirantes al triunfo, que te prometen el parqué impoluto, con la pereza que da ponerse. Tanta, tanta, que al final sólo te pones cuando tu suegra amenaza visita o cuando se presenta la precampaña, dos pesadillas bastante parecidas.
Al final, como señal de triunfo, sacas todos los trapos al tendal y, aunque lavados siguen sucios, lo haces para que la vecindad vea la paliza a la que te sometiste y lo buena ama de casa que eres, en comparación con otras, con otros que ni lavan ni nada. Pero ya has terminado y tu mentalidad de animal limpiador está a punto de finiquitar, como la de los animales, políticos que se arrebatan, debaten y también sacan trapos sucios.
Lo bueno de las campañas y de las limpiezas generales es que un buen día se acaban. Ya queda menos.





