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El arte de la delicia
Dulce Pontes presentó en el Teatro Jovellanos su último disco, 'O coraçao tem três portas', fado que convierte la tristeza en alegría
23.02.08 -

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El arte de la delicia
AL PIANO. La cantante, en un momento de su interpretación sobre el escenario del Jovellanos. / J. BILBAO
Hace algo menos de un año, Dulce Pontes se sorprendía de que el público neoyorquino del Carnegie Hall hubiera sentido de manera tan propia el concierto que acababa de celebrar. No había motivo para tal modestia. Lo reúne todo. Y el público gijonés del Teatro Jovellanos que ayer la admiró y aplaudió a rabiar es una prolongación de los espectadores del mundo que se han rendido a los pies de la fadista. Decimos fadista y no faltamos a su esencia, pero seguramente es necesario introducir la gama de matices que Dulce Pontes coloca en el pentagrama, riquísima y abierta a la rosa de los vientos.

De modo que la exploración feliz de la tradición del cancionero lusitano que incorpora el disco 'O coraçao tem três portas', cuyas canciones presentó, rezumando melancolía de ida y vuelta, nostalgia y fiesta íntima de la memoria, se extendió hacia otras regiones colindantes. Ya fueran los aires gitanos y árabes o elevando la mirada a los atriles clásicos, el minimalismo de las vanguardias del siglo XX o el sagrado tronco de la música religiosa. El fado, como el corazón, también tiene más de una puerta.

Cascabeles en los tobillos

Dulce Pontes posee el don de suspender el tiempo y que cualquier distracción ajena al prodigio de su ensalmo quede fuera del circuito. Es el arte de la delicia, un misterio que transforma la tristeza en alegría y las cuerdas vocales en ecos de bóveda o cordilleras.

Momento especial cuando se descalzó, puso cascabeles en los tobillos y sonó la gaita-de-foles con timbre celta. Ya está dicho, fue una exaltación primorosa del corazón, sin puertas ni ventanas, entregada al horizonte en el que la voz, la guitarra, el piano o el cello se desnudan y dan paso al latido del arte. Un privilegio.

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