«Versa provisam rem non invita sequentur». (Espontáneamente surgirán las palabras, si se tiene ante los ojos la idea).
La segunda procede de la pluma de Cicerón:
«Frons, oculi, vultus persaepe mentiuntur; osatio vero saepissime». (La frente, los ojos, el rostro engañan muchas veces; pero la palabra, muchísimas).
Ya sólo le falta encontrar un editor dispuesto a publicar un diccionario que, entre tanto, no cesa de engrosar su ya grueso lomo con la incorporación de palabras y palabros. Como es el caso:
Aborígenes: dícese de los miembros de las tribus que poblaban ciertos países y que tuvieron la osadía de oponerse al avance de los colonizadores que traían la civilización. Los cuerpos de la mayoría contribuyeron a fertilizar los suelos, mientras que los supervivientes tienen un notable valor etnográfico.
Cupular: peculiar desviación sexual de quienes se sienten inclinados a tener contactos sexuales encima de las bóvedas con que se cubren los edificios.
Hipocondríaco: aquel multimillonario que dejó de comer huevas de esturión a raíz de ser descubierta la llamada gripe caviar y no ha vuelto a hacerlo desde entonces.
Ladrón: es perfectamente asumible la definición ofrecida por mi colega Ambrose Bierce en su 'Diccionario del diablo': «Nombre vulgar con el que se denomina al que tiene éxito en lograr la propiedad ajena». A la misma añadiría el siguiente matiz: «También recibe ese nombre el que coadyuva a que otros logren propiedades, obteniendo él a cambio pingües y leoninos intereses».
En una tertulia de chigre en la que se contaban historias de latrocinios, intervine de esta manera:
«En cierta ocasión me concedieron un crédito hipotecario sobre la vivienda».
Cuando un contertulio me mandó continuar, le dije que eso era todo.
Telepatía: aplícase a la programación televisiva que está pensada para mujeres.





