Segundo. Lo que se puede discutir en cualquier edificio es su escala. O sea, si la misma es o no acorde con su entorno y de qué manera afecta a éste su construcción. El argumento que se utiliza normalmente para evitar construir en altura cerca de los cascos antiguos de las ciudades, es decir, el que automáticamente los degrada o convierte en un elemento de segundo orden; no me parece suficiente. En mi casa pueden convivir perfectamente el reloj de mi abuelo con uno digital de último modelo que acabo de comprar en una tienda. Y es que, con este razonamiento, con pensar que lo antiguo y lo nuevo no pueden mezclarse, casi nada se hubiera hecho en la historia de la humanidad. Imagínense lo que hubieran dicho los habitantes del siglo XVI cuando al lado de sus casas de planta baja hechas en piedra, vieron emerger las imponentes torres de una catedral. Con la mentalidad de hoy, pregunto, ¿no hubieran puesto el grito en el cielo ya que eran del todo excesivas para la arquitectura de la época? ¿No hubieran pedido una y otra vez que las mismas no se construyeran por ser una afrenta a todo lo que conocían? Sin embargo, las casas, más o menos, han ido desapareciendo y las catedrales, sin duda, siguen asombrando.
Y tercero. La fascinación del ser humano por la altura viene de tan antiguo como la propia humanidad. En muchas ocasiones las edificaciones religiosas -tanto del cristianismo como del islam, por ejemplo- contemplan la altura como signo de distinción en sus construcciones. Si viajan a cualquier país árabe lo primero que destacará en el horizonte serán los minaretes de las mezquitas, mientras que si se fijan del lado cristiano las torres de cualquier iglesia serán el punto de referencia. Cuando se construyó la catedral de Florencia -toda en mármol, por cierto- muchos sostenían que su 'campenile' se caería por ser de una dimensión completamente desproporcionada. Sin embargo, como ya dije en el punto segundo, ahí está para maravilla de sus visitantes. El debate sobre si nuestras ciudades tendrían que ir aceptando la altura como algo habitual en su concepción, debe de hacerse sin apriorismos: ningún edificio es horrible o hermoso por el hecho de ser bajo o alto. Tendremos que empezar a distinguir entre arquitectura buena o mala con independencia de su tamaño, puesto que, esto, en definitiva, es lo que nos debe importar. Piensen si no en Manhattan, ¿hubiese sido lo que es hoy de no haberse construido sus rascacielos a principios del siglo pasado?





