Si el párrafo inicial les olió a tópico, a ver qué les parece esto:
«Los pueblos que olvidan su historia están obligados a repetirla».
Hasta aquí quería llegar precisamente para recordar una monografía del historiador local Polibio de Porceyo en la que, bajo el sugerente título de 'Orígenes de la locura localista', explica el nacimiento de la existente entre Gijón y Oviedo.
Comienza con una cita de Tácito:
«Omnia quae nunc vetustissima graduntur, nova fuere».
O sea, que todas las cosas que hoy consideramos antiquísimas fueron en su tiempo nuevas. Habla luego de cómo en los años 60 del siglo pasado comenzó a investigar en unas grutas de la Campa de Torres a la busca de pistas confirmativas de la existencia de la primitiva ciudad de Noega. Y tuvo suerte, puesto que entre unas rocas casi inaccesibles halló unas conchas de sepia sobre cuya superficie había unas inscripciones seguramente hechas con pinchos de oriciu. Tras intensas investigaciones filológicas y hasta criptográficas, logró descifrar lo que era una transcripción de sonidos guturales, una lengua primitiva e ignota hasta la fecha. A grandes rasgos, Polibio interpretó que, al poco de abandonar las cavernas prehistóricas, una numerosa tribu de licúrnigos llegó hasta la costa gijonesa. En el largo camino hubo desavenencias y la tribu se escindió en dos: unos, los llamados meapilianos, dirigidos por un brujo, se establecieron en la campa mentada y otros, anárquicos y sin líder, lo hicieron en el cerro de Santa Catalina. Desde entonces, los enfrentamientos entre ellos fueron constantes, especialmente los motivados por una extraña competición consistente en romper a cabezazos y a patadas unas piedras circulares (lo que, por cierto, es para algunos estudiosos el antecedente más remoto del balompié).
Siglos después, los de la Campa comenzaron a sufrir alergias a la mar, al salitre, y partieron hacia el interior dirigidos por el abad Fromestano y su sobrino Máximo. Así surgió Oviedo... Pero esa es ya otra historia.





