La bicefalia formada por el Presidente y el Primer Ministro abre una etapa que asegura la continuidad y la estabilidad del sistema erigido por Putin durante los ochos años en que la seguridad y la recuperación económica no han conseguido ocultar las formas autoritarias, el acoso al libre juego político democrático y las trabas a la libertad de expresión. A cambio, en estos años, Putin ha devuelto a Rusia la confianza en sí misma, perdida tras la desintegración de la Unión Soviética y se ha ido conformando una incipiente clase media a quien la mano dura con la delincuencia y el conflicto checheno ha llevado a relativizar el autoritarismo del poder.
El nuevo presidente ha esbozado algunas líneas programáticas que pasan por el adelgazamiento de la burocracia y la reducción de impuestos además de la lucha contra la corrupción, pero está por ver su capacidad para materializar en la práctica su fama de liberal. En el plano exterior aunque Rusia haya perdido su capacidad de condicionar la política internacional, sus enormes reservas de gas y petróleo le proporcionan un considerable margen de maniobra para presionar especialmente sobre la Unión Europea. Pero al tiempo el cambio en el Kremlin podría ofrecer a la diplomacia europea la posibilidad de ofrece un marco de relaciones con Rusia que no estén condicionadas por las tensiones entre la OTAN y Estados Unidos derivadas de las divergencias sobre Seguridad y Defensa. Los delicados capítulos de la independencia de Kosovo, las repúblicas rusas inestables y la garantía de aprovisionamiento de energía están encima de la mesa de la Comision Europea. Pero lo esencial es que la antaño gran potencia que ha ido sentando las bases para su desarrollo económico, aproveche esta oportunidad para esforzarse en el camino del progreso de la democracia.





