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04.03.08 -

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EL verbo que da título a la columna de hoy tiene este significado es su segunda acepción: «Tratar de política con superficialidad y ligereza». O sea, mismamente como lo hacen una inmensa mayoría de los profesionales de la cosa política.

Reza tal que así una copla popular que no precisa de comentario alguno, salvo el de que quizá impulse a rezar a los votantes creyentes:

«Muchos hombres que a sí mismos / no se saben gobernar, / por sarcasmo de los votos / gobiernan a los demás».

¿Consideran ustedes políticamente incorrecta esta definición tomada del 'Diccionario del diablo', de Ambrose Bierce?:

«La política es una lucha de intereses enmascarada como enfrentamiento de principios, una conducción de los asuntos públicos en busca de ventajas personales».

No parece exagerado que el filósofo Dalmacio el Cínico haya inventado una moneda electoral para que la lancen al aire los indecisos o aquellos con una ideología similar a la de los oricios:

«Si sale cara, voto a unos, y si sale más cara, a los otros».

«¿Y si cae de canto?», osé plantearle.

«Pues entonces que vote a los de IU».

Como afirmó en otra ocasión el discípulo de Diógenes:

«Puede que sea cierta esa afirmación de que la democracia es el menos malo de los regímenes políticos conocidos, pero el caso es que por culpa de la carencia de listas abiertas me veo en la tesitura de tener que votar a los candidatos menos malos de entre los que me vengan impuestos por los grupos políticos... ¿No es acaso la partidocracia bastante peor que una democracia auténticamente participativa?».

Pocas cotas de caradura hay tan elevadas como la alcanzada por aquel político capaz de proferir estas palabras:

«Lo primero son los intereses de la ciudadanía. A mucha distancia están los intereses del partido y, finalmente, los intereses personales».

Sirva como colofón este comentario de Sibila, la bruja del Natahoyo:

«Al margen los ámbitos religiosos, ocultistas y políticos, la razón siempre acaba por tener razón».

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