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Días malos
08.03.08 -

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UNA se da cuenta constantemente de que no es rica. Es algo insólito. Se te pueden pasar por alto múltiples circunstancias en la vida, pero, aproximadamente cada minuto del día, se es consciente de la inferioridad de condiciones en la que una está si se compara con según quién.

Habitualmente, no queda más que remedio que tener lo que se llama presencia de ánimo, concepto que no comprendo muy bien, pero que me gusta mucho.

Algunos días, depender de unos ingresos tirando a pequeños, no es que te importe, particularmente si es día 10 del mes y cobras, pero existen jornadas negras, como cuando sale la lista de los más ricos. Porque ya sabes que los hay, que existen, pero, de ahí a ponerles cara, media un abismo.

Y ese día empiezas a tomar determinaciones extrañas. Por ejemplo, te vas -un suponer- hasta Zara, que es una boutique que frecuentas porque tiene una ropa ideal (en realidad, vas allí porque no te queda otra) y encuentras una rebeca monísima. Y de repente se te aparece Amancio, así, sin más ni más, como si este establecimiento comercial fuera la Cova de Iría. Se te manifiesta de repente.

Al principio, te crees que te va a regalar la chaqueta, pero no. No tiene la más mínima intención, porque es rico por vender, no por regalar. Y con esa aparición sólo pretende ponerte los pies en el suelo, de Incites, pero en el suelo.

Porque no solamente te tienes que apañar con tu falta de fondos; tienes, además, que comprar a un súpermillonario para hacerlo más rico, y llevarte a casa una chaqueta con buena relación calidad/precio (dudosa calidad), que va a llevar todo Gijón, mucha gente de Antequera, tus amigas y aquellas que te han levantado un novio, que, claro, no son tus amigas ni nada.

Y fíjense lo que son las cosas, miras la chaqueta y piensas: «Amancio, de 'probe' no saldré, pero la chaquetuca tampoco te la compro».

Y tú te sientes un poco más rica, y a Amancio le da exactamente igual, porque él ni siquiera sabe qué se manifiesta de repente en sus tiendas. Porque ni siquiera lleva por cuenta las que tiene. ¿Qué pena tan grande!

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