Miramos la danza de grullas artríticas en que se convierten las campañas electorales, las de aquí o las del Imperio, sin que un punto de duda nos atragante el triste espectáculo.
Miramos cómo se preparan tambores de guerra, en Kosovo, en Afganistán, en Gaza Y ni siquiera cuestionamos la responsabilidad de nuestro silencio.
Miramos cómo se nos juega el futuro en la incomprensible Bolsa, sin querer ver cómo se preparan los uniformes de nuestros hijos y tiembla la tierra recordando las cicatrices de las trincheras.
Miramos cómo se relajan para la foto los Albertos, libres de toda culpa por defecto de forma y, a la par, algunos aplauden la propuesta de rebajar la edad penal a los doce años.
Miramos cómo se pelean, con saña de juego virtual y sangre real, nuestros adolescentes, y ni siquiera se nos ocurre pensar por qué recoveco los hemos perdido. Imagino a quienes contemplaban la brutal paliza de una adolescente en el patio del propio centro donde debieran recibir educación, anonadados, paralizados por el escalofrío de un escándalo genético recorriendo sus vísceras. ¿Incluso los cocodrilos se rigen por ciertas normas!
Miramos la pantalla como si fuera nuestra vida y la vida como si fuera una enorme pantalla que ni nos va ni nos viene. Nos sale callo en el dedo gordo de tanto buscar canales para repetir carnaza y nos sale callo en la conciencia por falta de uso. Mientras, también miramos cómo se nos escurre la vida, estéril y sin aromas, de mirones, vaya, mientras se nos abre la tumba en un costado, la real y aquélla donde se van pudriendo las emociones comprometidas.





