La renovación de las personas constituye una necesidad que los partidos -es decir, sus integrantes- han de afrontar con la máxima naturalidad en tanto que su función es la representación política de una sociedad cambiante con problemas y aspiraciones asimismo cambiantes. Pero la eficacia de la renovación interna depende, en primer lugar, de que responda al deseo más de fondo por actualizar las pautas de actuación política e institucional, que tantas veces acaban presas de la reiteración y de la inercia. Aunque también depende de que la renovación se haga compatible con las dosis de continuidad e integración que el ejercicio de la política partidaria precisa. Continuidad, en tanto que el bagaje acumulado durante años no puede ser desdeñado cuando muchas de las circunstancias vividas explican el presente y condicionan el futuro. Integración, dado que los diez millones de votos que el PP atesora responden a una apreciable diversidad en las maneras de concebir el centro-derecha. Por último, la acción parlamentaria del Partido Popular se enfrenta a la dificultad de dibujar un perfil nítido entre la firme oposición anunciada ayer y su carácter constructivo, entre la tarea de control del Gobierno y su consolidación como alternativa. Un perfil que la iniciativa gubernamental por un lado y la dinámica de confrontación por el otro podrían acabar haciendo oscilar al PP y, por reacción, haciendo aflorar el instinto de conservación que, indefectiblemente, trataría de regresar a la etapa anterior.





