
Los científicos explican, en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de EE UU, que los artefactos de oro son habituales en yacimientos de culturas en las cuales ya existen una compleja economía y una élite que hereda privilegios. El metal se emplea entonces como signo distintivo de la clase alta. Esta perspectiva asume que el trabajo del oro es algo superfluo, un lujo al que no dedican recursos la sociedades en estadios primitivos de desarrollo. El descubrimiento del collar del lago Titicaca cuestiona esa idea.
La joya, de nueve cuentas con marcas de martillazos, fue encontrada hace poco junto a una mandíbula humana en un enterramiento del yacimiento de Jiskairumoko. Las cuentas de metal fueron encontradas cerca de la base del cráneo de un adulto, asociadas a otras once de piedra verde y un trozo de madera quemada que ha sido fechada por el método del carbono 14 hacia 21000 aC. «La localización de las cuentas en relación con un cráneo y su distribución sugieren la existencia de un collar alrededor del cuello de un adulto», argumentan los autores.
El enclave corresponde a un campamento estacional de un grupo humano nómada que, hace cuatro milenios, vivía en el altiplano andino de los animales que cazaba y los frutos que recogía. En la zona del lago Titicaca, a unos 3.800 metros de altitud, la transición de esa vida nómada a la sedentaria comenzó en 3400 antes de Cristo (aC) y acabó hacia 2000 aC.
Hasta ahora, las piezas de oro más antiguas de América se fechaban hacia 1400 aC, en los yacimientos de Mina Perdida y Waywaka, también en los Andes peruanos. Sin embargo, 700 años antes, hacia 2100 aC, el collar de Jiskairumoko fue martillado en frío y utilizado por cazadores-recolectores como signo de prestigio. El hallazgo, además, apoya la idea de que el trabajo del oro surgió independientemente en varios sitios del Nuevo mundo.





