Empiezo a dar vueltas y pienso que pronto sonará el avisador y que cuando mañana esté trabajando nadie va a preguntarme la causa por la que tengo sueño y no rindo. Y el perrito dale que te pego. Pero, ¿dónde está el asilvestrado del dueño? Ese sí que es un perro de cuidado. ¿Dormirá la mañana (sé que nunca ladra el can después de las ocho) y por eso le consiente semejante jaleo?
Con estos pensamientos noto que ha terminado el son. Qué gozo, pienso, y me mullo otra vez esperando a que Morfeo me atienda hasta las siete menos cuarto. Pero, ¿ay!, justo cuando estaba empezando a encontrarme tan bien en los brazos del dios antiguo, el zumbido mecánico me hace saltar otra vez. La puñetera barredora mecánica, o lo que sea, ha vuelto a hacer de las suyas, igualito que a las once y media: pero ¿es que esta máquina no ha trabajado bastante, si pasan ya de las cuatro?, ¿es que no pueden, los del ayuntamiento o los de donde quiera que sea ese chisme infernal, hacer su trabajo por la mañana, como todo el mundo? El son de la maquinaria es, no obstante, algo más discreto y se acerca, pero se aleja también, así que en un descuido del torturador que la maneja aprovecho para dormirme con todas las de la ley, eso sí, entre ecos de ladridos que, frisando las cinco, han vuelto a surgir de la nada multiplicados por el silencio de la noche.
Y ahora ya sí, ahora es el conocido retintín de las siete menos cuarto el que me despierta. ¿Qué hacer? ¿Tal vez irme a trabajar, dormirme conduciendo y tener un accidente? No: mejor averiguo quién es el energúmeno que no sabe tener perro y... (ponga aquí el lector lo que él haría).





