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Las escopetas y el campo
02.04.08 -

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A uno le gustaría entender eso de la caza desde un punto de vista ético y tan sólo se aproxima a comprenderlo, si acaso, desde una perspectiva puramente antropológica, y ya es algo. Y más cuando ve que tanta gente de buen entendimiento y buena alma se dedica a ello con alborotado gozo y sin pizca de contrición.

Desde siempre el ser humano ha andado a la caza de algo, ya sea de mamuts, de brujas, de marido, de incautos o de prójimos. Los griegos, que todo lo tenían que convertir en arte, imaginaron a la bella Artemisa persiguiendo ciervos por el bosque con tal dedicación que permaneció virgen toda su vida. Los medievales la sublimaron como categoría alegórica, y de paso la practicaban con los herejes. Poetas, músicos y pintores la tuvieron como musa y fuente. No hubo lugar ni tiempo ni grupo humano que no hayan tenido que ver con la caza. Las epopeyas de todas las épocas se han esforzado en presentarla como una actividad cargada de bizarría y nobleza. Y a pesar de todo, uno sigue sin entender qué puede haber de noble en meterle a una perdiz tres perdigones en el estómago. Y no vale eso de que entonces nadie coma chuletas, porque hay que tener gana de desvalorizar los fundamentos del ejercicio dialéctico para no distinguir entre matar para alimentarse y matar por simple placer. La caza hace ya muchos siglos que dejó atrás su primitiva razón de ser, la supervivencia, para convertirse en lo que hoy es: un modo cruento de disfrute humano.

Además, ha tenido desde siempre el dudoso honor de ser vista como la alegoría más próxima de la guerra. De hecho, los mandamases de todas las épocas, cuando no tenían contra quién guerrear, iban de caza; el caso era matar. Pero a uno, que está hoy aguafiestas, se le ocurren algunas matizaciones. Por ejemplo, que aquí, el que está enfrente no es un odiado enemigo al que se mata desde el convencimiento de que es nuestro deber porque estamos sirviendo a una idea justa, sino un enemigo al que se ama, según cuentan todos los cazadores. Lo extraño es que los animales sean tan animales que no reconozcan ese amor y traten de huir como sea en cuanto aparece cualquier individuo alto con dos patas. Esta indefensión casi absoluta de la pieza ante su agresor, que prácticamente no corre riesgo alguno, es lo que da a la caza uno de sus aspectos más ruines. Es un combate desigual entre un ser sin más armas que las que la naturaleza le dio y otro que se pertrecha con sofisticados artilugios y encima es ayudado por otros congéneres y por perros especializados. No, no hay ni pizca de nobleza en el lance.

El caso es que pocas actividades han gozado de tantos defensores. Un deporte sano, que se practica al aire libre, rico en oxígeno y en camaradería, exultante de amor por la naturaleza, inhibidor de tentaciones y remedio eficaz contra las melancolías, es decir, una inagotable y placentera fuente de salud para todos los que en él intervienen. Para todos, menos para el corzo que se marcha con una bala en el cuerpo.

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