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Las mimosas (a Begoña)
02.04.08 -

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BEGOÑA siempre tenía la sangre levantada hacia las mejillas, y un cabello negro que ha veces adornaba con un sombrero de arroz. Le encantaba el oro verde de las mimosas, su fragancia y el amarillo real a través del cual, ella y yo, veíamos salir temprano la luna grande de marzo, redonda como una ciruela japonesa. La boca fina y rosa de Begoña, igual que una herida bien hecha, reía bajo un florecimiento cobrizo de mimosa que el viento suave de la mar hacía llover sobre ella: «como un llanto» , decía. «¿Los árboles no lloran, Begoña,!». Y ella contestaba: «¿sí lloran!» «recuerdan de otros años lo pronto que mueren sus flores».

Sobre un tronco negro, esas flores -muselina de un instante- nos tocaban el corazón de invierno invitándonos a un idilio o, tal vez, a soñar con un después venturoso, que aún no estaba en el tiempo, y que para Begoña ya llegó.

Han vuelto los días de primavera. Los fueron anunciando las mimosas con su radiante tesoro de oro joven sembrado por las veredas de los caminos, por las huertas y jardines donde canta, al atardecer, el mirlo. Y en las estancias de la casa donde aún no da bien el sol, hubo, hace poco, una fragancia de agua con mimosas y hojas verdes que entregaron sus colores a lo oscuro del invierno. Entre mimosas todos los caminos parecen llevar hacia el cielo del sur donde no hay escalofríos y huele siempre a romero, a tomillo y a hierba buena sobre los que parece que vuela el alma.

El campo adolescente de primavera, que aviva a veces la tristeza, nos embriaga con sus plenilunios, con sus músicas y celos, y queremos ser estrellas y fuego y faunos para el amor, aunque a penas podamos tocar desde esta orilla la augusta belleza de las cosas. Y todo empieza cuando va terminando el invierno. De pronto, aquí y allá, las mimosas se arremolinan de oro y luz, y en la mañana fría menean sus cálices mojados de relente y nos embarga, otra vez, la ilusión por la vida.

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