UNA habitación en penumbra, con un fondo enarcado, y escasos muebles, donde no puede faltar el imprescindible teléfono para que Valeria se comunique con los que están en una distancia imprecisa, puesto que todos ellos los albergan los rincones de su pensamiento. Valeria se refugia en su soledad en ese espacio de reducidas dimensiones del que apenas se aleja, tan sólo a sitios contiguos en busca de lo que no encuentra; pero tiene la ventana, para trasladar al exterior, con los alados externos, los pájaros de su cabeza. Valeria mira hacia atrás, en busca del amor perdido. Aquel hombre, del que se enamoró siendo una niña, lo llama a la casa de los espíritus para que se manifieste, y este le responde con señales, golpes o voces, a los que Valeria se aferra como el asidero de ficción para mantenerse viva. Allí, del otro lado, Sanchís Sinisterra hace habitar los fantasmas que se le han escapado a Valeria: sus padres, que de vez en cuando aconsejan, y a los que también pide ayuda para encontrar el eslabón perdido de su quimera: o sea, aquel hombre ya muerto, del que se enamoró cuando ella tenía quince años y él cuarenta. También está el niño, el coronel, y otros varios del universo onírico y real de Valeria, que se van manifestando con sus ruidos y sus voces, y que del otro lado, esto es, en la muerte, siguen configurando las dos españas. Como dice Sanchís, no es sólo una búsqueda del amor, porque la política persigue, obsesiona y envenena más allá de la propia muerte. Valeria ha de enfrentarse con los pájaros de su cabeza -deseos e ilusiones rotas- y los que se apoderan en los recuerdos. «Nadie nos ha enseñado a llenar los vacíos y reparar las ausencias».
Valeria no está enamorada de un muerto: no puede estarlo, porque eso sería la locura, y Valeria no está loca. Valeria es una composición maravillosa, como una sonata para violín y teclado, que precisa una gran actriz para las cuerdas sutiles y un acompañamiento preciso para sacar adelante la melodía. La maestría de Sanchís Sinisterra, y el talento de Esperanza Pedreño, han conseguido inundarnos con esos pájaros misteriosos, con la dificultad de hablar con las voces grabadas, sin un solo fallo. Teatro en estado puro, con aromas de los mejores clásicos. Quizá, por ello, difícil captarlo, por desacostumbrado. José Sanchís Sinisterra ha apostado fuerte, por un teatro culto y de montaje difícil. Pero habrá actrices que acepten en el futuro el reto de interpretar a Valeria, como Esperanza Pedreño hace ahora, y 'Valeria y los pájaros' quedará confirmada como uno de los mejores hallazgos del teatro español contemporáneo.