Pronto, el inicial proyecto se transforma en las universidades laborales, siendo la nuestra excepcional muestra, no sólo arquitectónica, sino como conceptual organización de auto supervivencia, ya que incluía incluso la importantísima autonomía del abastecimiento alimentario. Tal era su magnitud, que abarca circunvalaciones periféricas, incluyendo El Molinón, cuya reforma hubo de quedar inacabada hasta la nefasta intervención de una profesional que lo desgracia para el Mundial del 82. Pues bien, nada mejor, no importa el sistema político, para cesar, sustituir o modificar conductas y criterios de gobierno que orquestar, ayer con el beneplácito del Pardo, un escándalo con visos de malversación y robo, que es mucho más grave cuando la norma jurídica es partir como sujeto culpable. Así, con independencia de una viciada génesis en cuyos estatutos los patronos tenían carácter vitalicio, no es menos cierto que la magna y colosal obra que ahora orgullosos contemplamos tras tanta incomprensible desidia, es recuperada y puesta al día por quien fue nuestro alcalde y ahora presidente de Asturias.
Pero obligado es rescatar del olvido y recuperar para la memoria de la historia local al gijonés J. María Fernández, 'El Ponticu', defenestrada cabeza de turco, públicamente juzgado y castigado con inhabilitación permanente y enviado al ostracismo, por la falta en el inventario de una vaca en la entonces granja de la Llorea.





