LAS reminiscencias del pasado tienden a guiarlo a uno por el camino del instinto, cuando ya flaquea la voluntad. Actúan como el caballo del borracho, que emprende el camino hacia casa cuando nota que el jinete ya no sabe para donde guiarlo. Así que, en las pasadas elecciones, venciendo el hastío y sin precisar taparme las narices, como recomendaba Indro Montanelli, seguí con cierta expectación la campaña y los resultados posteriores. Socialistas y populares trabajaron a sus adictos con un «más de los mismo»: los primeros alarmando con la involución del contrario, y los segundos con el caos propiciado por nacionalistas e independentistas: unos amedrentando con las tinieblas del pasado, y los otros con los desmadres del futuro. Pero, en cambio, lo que yo percibí del discurso mitinero de Izquierda Unida, fue una postura nítida, naturalmente involuntaria, para que resultara ganador de nuevo el partido gobernante. El mensaje era claro: arremeter duramente contra el Partido Popular, sacando a la palestra de nuevo los bigotes del ex-presidente Aznar y al cardenal Rouco montado en el caballo de Santiago Matamoros. No pocos integrantes de las llamadas bases de Izquierda Unida se mantuvieron firmes en el ideal, pues ellos seguirían votando siempre, por instinto, a lo que reconocen como la verdadera izquierda. Pero otros, en cambio, siguieron al pie de la letra el implícito ordenamiento de los mítines: arremeter contra el PP, como enemigo número uno, y para ello nada mejor que votar al PSOE. Desde la cúspide de ese debacle, dos diputados contemplan cuarenta años de lucha clandestina, cárcel y ejecuciones.
Siempre creí, como buen ingenuo, que el candidato que se presenta a unas elecciones, es con la intención de ganarlas, aunque la esperanza sea muy remota. Izquierda Unida debería saber que los destinatarios de sus mensajes son aquellos que, como en todos los partidos, sólo escuchan al que les calienta la oreja, y jamás votarían al PP, salvo locura transitoria. Pero, al parecer, no encontraron nada contundente para desmontar las políticas erróneas del PSOE, mediante un discurso realista de izquierda. Era imposible, por otra parte, atraer a los votantes del PSOE amenazándolos con el PP, y consiguieron que muchos de los suyos, por el contrario, se escaparon en busca del llamado voto útil.
Posteriormente a las de los políticos, otras elecciones, que tampoco están exentas de algún politiqueo, se airearon como de gran trascendencia para la ciudadanía. Me refiero a las del Grupo Covadonga, ganadas en buena lid por un candidato, pero cuyos resultados no entiende mi amigo el francés; y afirma, que si no hay coaliciones con otros candidatos, como tiene que hacer Zapatero, tendría haber segunda vuelta, como tuvo que hacer Sarkozy.