
En su discurso, Juan Antonio Menéndez aseguró que la ciudad debía agradecer que este monarca hubiera fijado su residencia en Oviedo, ya que esta decisión supuso una apertura de toda la región hacia el mundo y, en particular, hacia la Europa carolingia.
Todos los años, la capital asturiana rinde homenaje a la figura de su fundador que, a juicio de Menéndez, dejó como legado varias obras de importancia. Por un lado, la Cruz de los Ángeles, que se encuentra en la Cámara Santa y, por otro, la defensa de una fe católica cada vez más creciente y que el rey promovió, especialmente, con la instauración del peregrinaje a Santiago de Compostela.
Tras la misa, los asistentes se dirigieron, con los concejales del Partido Popular a la cabeza, hacia la Capilla de San Miguel, en la Cámara Santa. El mismo Alfonso II la mandó construir, y allí se guardan las reliquias de la Catedral. El vicario general manifestó su deseo de que estos actos se mantengan en el tiempo «para que dentro de otros 1.200 años, otros cristianos como nosotros puedan estar aquí realizando esta misma ofrenda», apuntó.
El evento terminó con una visita a la Capilla del Rey Casto, a eso de la una de la tarde, donde se realizó un responso en el que participó, como es tradición, el coro de las religiosas benedictinas de Real Monasterio de San Pelayo.
Las voces de esta agrupación coral llenaron la Catedral con una ofrenda que la Iglesia utiliza habitualmente para pedir por sus difuntos. Esta tradición se repite todos los años, pero parece ir adaptándose a las nuevas tecnologías. Como aseguraban algunos de los asistentes, las voces de la coral, dirigida por sor Ángeles Álvarez, podían escucharse antiguamente a través de las celosías que comunicaban con el convento. Hoy en día, unos simples cables ayudan a lograr el milagro.





