Estuve en ella hace unas semanas, obligado a pasar allí el tiempo que transcurrió entre la llegada del avión que acababa de dejarme en Madrid y la salida del que habría de llevarme a Las Palmas de Gran Canaria. Tuve la impresión de hallarme en medio de una abstracción absoluta, atrapado en una mastodóntica metáfora del progreso, recluido en un país hostil en el que todos éramos extranjeros y donde tendríamos que permanecer aún varias horas sin desearlo, a la espera de que algún altavoz o panel nos indicara la dirección que habríamos de seguir para encontrar la puerta de salida. Paseé de un lado a otro con la maleta a cuestas -no había facturado el equipaje-, entré en los baños varias veces para refrescarme -hacía un calor insoportable, pese a que era invierno y ya de noche- y compré un bocadillo de diseño en un presunto restaurante para intentar distraerme mientras, al otro lado de los portentosos ventanales, decenas de aviones cargados de desconocidos aterrizaban y despegaban siguiendo el compás de una coreografía tan ensayada como hipnótica.
«En realidad, éste es el único territorio franco que nos queda», me dijo un desconocido en uno de los 'smoking points', cuando llevaba ya más de dos horas atrapado entre aquellas paredes invisibles, «el único lugar sin dios ni amo ni bandera, la única tierra de nadie que podremos pisar jamás. Estamos hablando y da igual, porque dentro de unos minutos (o unas horas, o unos días) ya nos habremos ido y será como si nunca hubiésemos pasado por aquí, como si nunca hubiésemos conversado, como si usted y yo jamás nos hayamos encontrado entre estos paneles de cristal, como si este momento nunca hubiera existido». Estaba a punto de preguntarle cuánto tiempo llevaba él extraviado en la T4 cuando la megafonía anunció la salida de mi vuelo. Mientras me alejaba en dirección a la puerta de embarque, sentí su mirada vigilando el rumbo de mis pasos.





