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04.04.08 -

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ESTÁN ustedes en su perfecto derecho de poner en duda la verosimilitud del sucedido que se refiere dentro de unas líneas. Pero antes de dejarse arrastrar por el escepticismo, piensen que existen multitud de circunstancias probadamente ciertas que resultan bastante más inverosímiles. Para no alargar la cosa durante miles y miles de columnas, se ponen un par de ejemplos: uno internacional, y otro de corte local.

He aquí el primero:

Que un memo memorable como George Bush, digno de encabezar un libro recordatorio universal de memos titulado Memorándum, presida el país más poderoso del planeta.

Ahí va el segundo:

Que el Ayuntamiento de la villa de Jovellanos y del PSOE haya dilapidado un montón de dinero en concursos de ideas para cambiar la fachada marítima del Muro de San Lorenzo, y finalmente todo se reduzca a poner espejitos en unos pocos edificios, de esos a los que el eximio Jesús Morales quería meter el serrucho a partir de la quinta planta.

Y ahora vamos ya con la anécdota prometida:

Se desarrolla en un hospital cualquiera, al que acude un tal Rufino, por alias 'El cenizu', a visitar a un amigo moribundo. Se acercó al enfermo, entubado, para musitarle unas palabras cariñosas al oído, pero no llegó a cumplir su propósito porque el yacente, con el rostro congestionado y los ojos desorbitados, comenzó a hacer gestos para que le acercaran algo con lo que escribir.

Con un bolígrafo y una cuartilla en su poder, apenas le restó tiempo para garabatear unas palabras antes de expirar. Su amigo, nervioso y afligido, se guardó el papel sin haberlo leído en un bolsillo de la chaqueta; la misma que llevaba puesta al día siguiente en el tanatorio. Mientras hablaba con los familiares del fallecido, Rufino encontró la nota póstuma y se la pasó a la desconsolada viuda:

«Preferiría que fuera tu quien leyera sus últimas palabras».

Así lo hizo:

«¿Quítate de encima del tubo del oxígeno, so mamón!».

Algunos de los presentes no tuvieron más remedio que abandonar la sala para poder reírse por un tubo.

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