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Los idiomas y la igualdad
04.04.08 -

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HACE ya algún tiempo que el hombre comprendió que su destino está estrechamente ligado al de la cultura, que le dio su condición de ser humano. Convertir en 'humano' al hombre, no es algo que se haga de una sola manera. Hay distintas formas de ser 'humano', de ver, de sentir la realidad. Cada civilización, cada época, cada pueblo, inculca unas formas de comportamiento consideradas adecuadas según su peculiar escala de valores ligados a su vez a la estructura social y económica de esa misma sociedad.

Y si entendemos por cultura «cualquier manifestación humana», la primera y principal es, sin duda, el lenguaje. Nadie duda que sin las lenguas, sin la literatura, los pueblos serían incompletos, carecerían de memoria, no conocerían la poesía ni el embrujo de recordar, como tampoco que los idiomas, como tales, son manifestaciones culturales hechas en una marcación geográfica concreta, en una comunidad determinada e insertadas en unas coordinadas sociales y culturales propias, no lejos de la realidad de la sociedad que la reclama.

Lo que algunos representantes políticos parecen olvidar, es que, si bien, una lengua puede crear identidad, es por encima de todo una forma 'de' y 'para' comunicar, no es una bandera, ni debe ser tampoco un arma arrojadiza ni mucho menos un instrumento de poder y si de unión y de igualdad. En este país llamado España, poseemos la riqueza de tener un idioma común -hablado, además, por 400 millones de personas- y algunos la fortuna de contar con más de uno, gallegos, vascos, catalanes o asturianos.

Pero somos los ciudadanos los que somos afortunados, los ciudadanos los que tenemos los derechos, los que tenemos necesidades, y no las lenguas ni los territorios. Los idiomas no tienen derechos. Los ciudadanos, sí, y entre esos derechos están el de enterarse de lo que pone un documento oficial o el derecho a recibir la enseñanza en la lengua materna. La lengua de los territorios es la lengua de sus ciudadanos, por lo que la lengua del País Vasco es la lengua de los vascos y la lengua de Cataluña es la lengua de los catalanes, ya hablen castellano o catalán, y si en Cataluña la mitad de los ciudadanos son castellano parlantes, como poco, a estas personas se les están negando sus derechos con la excusa de proteger un idioma que, hoy por hoy, no lo necesita y que además, repito, son las personas las que deben ser protegidas por las leyes.

Y, sin embargo, mal vamos cuando el señor presidente de la Nación, el presidente de todos los españoles, dice que ve bien que en Cataluña se multe a alguien por poner un rótulo en castellano. Un presidente que pertenece a un partido que presumió siempre de tener por bandera el progreso y la igualdad. Pero, ¿es esto progreso? ¿Es igualdad que los estudiantes de clases sociales menos privilegiadas tengan menos oportunidades a la hora de ser contratados en un trabajo porque ciertamente desconozcan las reglas básicas de un idioma que deberían dominar, porque es el idioma de su país, pero que desgraciadamente no es así a causa de que realizaron los estudios en una enseñanza pública que obvió lo obvio? ¿O acaso lo es que los hijos de la alta burguesía y de algunos de esos políticos tan defensores de uno de los idiomas, puedan optar con más facilidad porque sus padres si pudieron pagar una enseñanza privada donde se estudiaba el idioma común a todos los españoles?

No nos engañemos, no hay mayor igualdad que el acceso a una buena educación, porque gracias a ésta todos podemos tener las mismas oportunidades.

Afortunadamente, hay un partido político, UPyD, al que me siento orgullosa de pertenecer, que no sólo tiene claro todo esto, sino que además tiene una líder, la señora Rosa Díez, que lo dice bien alto y con toda claridad en todos los sitios, ya esté en Murcia, Barcelona o Madrid. Ya era hora de que alguien se atreviera a decir aquella famosa frase del cuento infantil «el rey va desnudo» que como en el cuento todos ven, pero la mayoría calla, unos por miedo (en el cuento era miedo a que los llamaran ignorantes, ¿Será este el caso?) otros, por interés El hecho es que, de seguir así, permitiremos que nuestra sociedad siga desnuda de valores tan fundamentales como la igualdad, o de derechos como una educación pública de calidad.

En éste como en otros temas se necesita, además de un poco de sentido común, libertad de mente para abordar problemas que ciertamente coartan el verdadero «progreso» del país. Y esto no es dramatizar, es simplemente constatar que cuando algo no va bien hay que poner los medios para solucionarlo y de nada sirve mirar hacia otro lado.

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