
Habla Rosa María Rodríguez Magda con calma y con convencimiento, conocedora de una historia, la del Al Ándalus, de convivencia multicultural entre judíos, cristianos y musulmanes que no existió en realidad y que ha acabado pesando sobre la visión actual del Islam, entendido éste no desde una perspectiva religiosa, sino cultural y de tradiciones. «Me he ocupado de Al Ándalus porque pienso que ya no es una determinada época histórica, ha surgido como marca turística, como mito y tópico literario, y también incluso en las reivindicaciones de Al Qaeda», detalla. Su objetivo en el libro fue conocer la visión de los intelectuales occidentales sobre ese Al Ándalus para adentrarse en el problema social que supone la integración en los países europeos.
Y en esa relación actual, a su juicio, no cabe comprensión alguna ante asuntos fundamentales: «La defensa de los derechos humanos es una lucha en la que debemos encontrarnos todos, independientemete del credo», explica, antes de asegurar que es necesario construir una sociedad emancipada y con respeto, que es preciso hablar de la libertad individual y la igualdad entre los sexos. Algo que no se consigue con visiones idílicas del pasado que además son inciertas.
Esa es la sabiduría desde la que la pensadora valenciana cree que hay que volver la vista atrás para mirar al futuro de otra manera, observando con tino los fracasos de vecinos franceses y británicos a la hora de integrar a sus inmigrantes. «Yo creo que el multiculturalismo fue necesario al principio porque hacía visibles a una serie de pueblos y culturas que no lo eran, pero no es lo mismo la defensa de las propias tradiciones que puede tener un pueblo en su territorio que cuando esa población se traslada a otras zonas, evidentemente la situación no es igual», explica. Rodríguez Magda piensa que el multiculturalismo que busca que se emulen en el país de acogida las condiciones de vida de las naciones de origen «está creando guetos, está imposibilitando la integración y está creando resquemor entre las propias poblaciones». Dicho lo cual tiene claro que «Europa tiene derecho a reflexionar sobre cuáles son sus señas de identidad y sus valores y ofrecerlos a todos los que quieran compartir con nosotros esa visión del mundo».
Ese es el principio que debe regir, a su juicio, un proceso complicado para el que no tiene la solución. «En España estamos en un momento de poder aprovechar las enseñanzas de los fracasos en otros países, no ha sido exitosa la visión multiculturalista francesa, tampoco la universalista británica; tenemos que aprender, porque si no estamos condenados a repetir los errores», asegura la estudiosa, quien subraya que aquí aún no se ha planteado un debate necesario vistas las tensiones que se están produciendo en otros países. Hay que lograr una integración justa y respetuosa, aunque tiene claro la filósofa que hay una situación mucho más justa, pero también más utópica: «Que la política internacional cree planes para que las poblaciones puedan desarrollarse en su propio territorio sin tener que salir para buscarse la vida».
Velo
Esa es la utopía. La realidad es que los colegios de España se han empezado ya a llenar de niñas con el velo y eso siempre ha suscitado polémica. Para Rodríguez Magda, su uso debe estar excluido de las escuelas públicas en aras de garantizar la igualdad de enseñanza entre niños y niñas. «El velo comenzará a ser una prenda indumentaria cuando deje de tener carga simbólica. Tiene una connotación de poder, de defensa del honor masculino, y por lo tanto no es meramente una prenda, no es un ejercicio de libertad individual sino una muestra de discriminación». Aclara que habla exclusivamente de las escuelas, que en absoluto debe restringirse en otros ámbitos.
No cree Rodríguez en la alianza de las civilizaciones propugnada por Zapatero. «Creo en el diálogo intercultural, pero creo que el diálogo no es alianza. ¿Aliarnos con quién o para qué? Con aquellos países que no defiendan los derechos humanos no cabe ninguna alianza. Hay relaciones comerciales y diplomáticas, y eso es una cosa, pero en el terreno de los derechos y libertades sólo cabe un planteamiento mucho más de exigencia», sostiene. No sólo en países musulmanes, por supuesto. «Frente a la ética no caben componendas y alianzas, cabe el diálogo», concluye.





