Cuánta ausencia hasta comprender la brevedad. En sus sueños norteños, Friedrich nos animaba a tapar la mirada para conseguir ver, muchos años antes de que Saint Exupery definiese también lo «esencial» como «invisible a los ojos». Ellos reclaman, en distintas vertientes, que lo bueno viene en frascos aparentemente pequeños. En el ámbito de las artes plásticas, otros muchos artistas (Smith, Caro, Ad Reinhardt, Klein, Ryman, Serra, André, Flavin, Lewitt, Judd...) acumularon una amplia amalgama de ideales , desde su propia diversidad, donde el objeto perdía potencia frente al concepto, sin límites, marcando de manera individual los ejes de algunas corrientes, como el minimalismo.
Pero, más allá de nombres o de movimientos, sutilidad y delicadeza son dos herramientas eficaces para lo esencial. Quizás por eso nos llaman la atención esos artistas que siguen máximas similares. Decía Einstein que «todo hay que reducirlo a su máxima simplicidad, pero no a más». En todas estas obras, arte y espacio entroncan, a veces, con contenidos casi filosóficos, más allá de su combinación en el campo de la pintura o de otras disciplinas. Lo esencial sería, pues, la consonancia entre motivo y forma; pero las percepciones de la gente que tiene mundos intelectuales y entornos diferentes pueden resultar también dispares. Por eso plasmar el espacio, «dialogar con el espacio», es tan normal para el artista como para el cirujano comprender una fractura.
En el arte de nuestros días el espacio no es una superficie limitada, sino una noción de extensión, que relaciona unos medios con otros, estableciendo tensiones entre las formas, los planos, las líneas, los objetos...como también demuestra estos días la obra que expone estos días en la galería Durero Maite Centol, otra de nuestras protagonistas hoy en 'Asturias Plástica'. En cualquier caso, creo que hablamos de experiencias espirituales, que no se limitan exclusivamente a lo sensorial. Porque tras cualquier intuición artística siempre surge una realización proporcional a esa experiencia.





