El montaje de 'La bella durmiente' se ha concebido tradicionalmente como un canto a la opulencia escénica y al exotismo. Numerosas versiones optaron por el lujo y la grandilocuencia. Con frecuencia, los decoradores jugaron al 'quién da más'; los figurinistas persiguieron obsesivamente la ostentación, y los bailarines forzaron la sutileza de los movimientos hasta sustituirlos por exhibiciones gimnásticas. El Ballet del Kremlin sigue otra línea: la de la austeridad y la economía de medios cayendo, más de lo deseable, en la simplicidad.
La propuesta presentada en Oviedo, digna y meritoria, habría ganado con un despliegue técnico más allá de la discreción. Solventar los cambios de escena con simples telones y presentar rudimentarios objetos de atrezzo, empobrece la trama. El vestuario, colorista pero en absoluto innovador, precisa una revisión y las luces, con escaso protagonismo, apenas se aprovecharon como refuerzo dramático. El equipo artístico brilló a mayor altura y se creció a lo largo de la velada desde la tibieza inicial de 'El hechizo' hasta la corrección y pulcritud del 'divertissement' final. Los papeles de Carabosse, el Hada de las Lilas y El Pájaro Azul, defendido por un Maxim Afanasiev explosivo y vibrante, evidenciaron esmero. Cristina Kretova, princesa Aurora, se mostró delicada y elegante; contenida en el gesto y segura en el 'Adagio de la Rosa' y en el grand pas de deux. Sergei Smirnov, príncipe Désiré, responde al prototipo de danzarín atlético y versátil. Defendió con rotundidad su papel en 'La visión' y acompañó con habilidad a Kretova en 'Las nupcias'. El Campoamor, rozando el lleno, despidió prolongada y calurosamente a todo el elenco. 'LA BELLA DURMIENTE'
Música: Piotr I. Tchaikovsky Compañía: Ballet del Kremlin
Coreografía Marius Petipa. Puesta en escena: Andrey Petrov.
Lugar: Teatro Campoamor.





