
Familiares, compañeros y amigos se congregaron ayer en la iglesia de Nuestra Señora de Begoña para despedir al letrado en un emotivo acto religioso. La viuda, María del Carmen Larroza, recibió el cariño y las condolencias de decenas de compañeros de profesión de su difunto marido, desde los más veteranos abogados hasta representantes de las generaciones recién llegadas. Tenía una hija, Victoria, y tres nietos: Rubén, Óscar e Isabel.
Uno de los momentos más duros de su vida lo vivió en el año 2000 con la pérdida de su hija Isabel. Murió a los 33 años al no poder sobreponerse a una larga enfermedad.
50 años de trabajo
Manuel Meana dio los primeros pasos laborales en 1954, «cuando en la ciudad había sólo 24 abogados», recordaba él mismo en 2004, en el momento en el que el Colegio de Abogados de Gijón le entregó la Medalla de Oro por sus cincuenta años de profesión. Cursó estudios en la Universidad de Cimadevilla y vio pasar a decenas de jueces, fiscales e incluso representantes del colegio profesional. Su buen hacer y su saber estar le convirtieron en uno de los más reputados letrados. «La profesión ha cambiado mucho en todos estos años, ahora hay mucha más competencia, somos miles de letrados», comentaba.
La muerte de Meana causó una gran conmoción en el seno de la abogacía gijonesa. «Me lo encontré hace pocas semanas por la calle y cuando le dije que iba a un curso de informática para saber utilizar la firma digital se echó las manos a la cabeza», comenta Adolfo Venta, otro de los veteranos abogados.
Los restos mortales de Manuel Meana fueron incinerados en la intimidad familiar al término del funeral.





