Pasaron meses, muchos meses. Olvidé el incidente, el coche, a la agresora, a la propietaria del coche 'agredido'. Olvidé el verano, lo que era el calor. El parking, el color del automóvil, el modelo.
Volvió a hacer calor, el incidente quedó almacenado en ese lugar del cerebro que tanto se parece al desierto de Los Monegros. Empezó a refrescar y volví a ponerme el abrigo. Ese mismo día, con la caída de la hoja y el cielo encapotado, recibí la citación.
Y llegó el día ventoso en el que se celebró el juicio. Desconozco si fue mi poder de convicción o mi arte interpretativo. No recordaba nada. La agresora era una total desconocida. El coche podría haber sido una moto. La llave, una sierra de calar. El aparcamiento, un polígono industrial. Porque, mientras improvisaba mi testimonio, sólo podía recordar unas sandalias blancas y que hacía calor, mucho calor.
Se hizo justicia, con una testigo amnésica, un año y medio más tarde. No tuvo ninguna importancia. Ningún ser humano había tenido ningún daño. Ni siquiera la indemnización era significativa. No había dolor, ni sangre, ni muertos. Sólo calor.
La lentitud de la justicia no es nada nuevo. La ineficacia es tan usual en la judicatura, como puede ser en el sector de la construcción. La desidia del funcionariado es a veces un chiste, otras, una realidad. Es lo que ha. Quizá a partir de hechos tan tristes como el asesinato de una niña de cinco años en Huelva las cosas cambien. Entre tanto se busca cabeza de turco y después ya olvidaremos.





