Algo tiene, sin duda, del David de Miguel Ángel, aunque la mano derecha se haya desplazado para cubrir el sexo; y la izquierda -sin la piedra que derribará a Goliat-, pudorosa, para que no sepamos qué es lo que hace la otra. Así interpreta el autor de la imagen: «Parece que se está acariciando o ocultando su sexo: juega. Parece tímida, con sus pies hacia dentro, y su rostro tiene la expresión de una máscara, como arrancada del resto del cuerpo».
Por mi parte, sólo veo a una Carla de aspecto contenido y expectante en el rostro, con el gesto propio de una actriz preparada para iniciar la representación con ese cuerpo dinámico que insinúa las curvas del movimiento de un arroyo o de un río: «tu cuerpo extendido / como un río que nunca acaba de pasar» (V. Aleixandre).
Y otro suizo, Max Frisch, escribió con propósito distinto: «El cuerpo es inocente, el cuerpo es el sexo, la cara es la persona...». La persona, al menos etimológicamente, es la máscara. Y Carla Bruni sabe representar como nadie: dicen que en su llegada estelar al Reino Unido interpretó a la perfección a Jacqueline Kennedy. En la corte inglesa el jefe de ceremonias quiso taparle los hombros desnudos con el chal, pero ella hizo caso omiso porque lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos (al menos con los ojos).
La fotografía que sale a subasta es de 1993. Ahora Carla tiene 15 abriles más: en aquella fecha tenía 26, así que hoy es cuarentona y difícilmente podría ofrecer una imagen semejante sin más afeites que los que puede ofrecer la luz sabiamente administrada por el artista. Pero ya decía Saavedra Fajardo que la belleza del cuerpo es un viajero que pasa. Y ella misma canta: «On me dit que nos vies ne valent pas grand-chose...». («Me dicen que nuestras vidas no valen mucho, / pasan en un momento como se marchitan las rosas. / Me dicen que el tiempo, que se desliza, es un canalla / que con nuestras penas se hace abrigos»).





