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Una carta a Manel-Claudi Santos
Se hablará demasiado de las minucias de tu muerte, unos buscándole sentido, otros encontrando en ella un reflejo del sinsentido de la vida. Hoy eres noticia: un excelente escritor catalán,
06.04.08 -

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Una carta a Manel-Claudi Santos
GATO PÉREZ. «Con una de sus canciones te pusiste a bailar con la más fea del bar».
de las Cataluñas de Mallorca, ha fallecido en su piso del Carrer d'Oms, de Palma, y ya sus cenizas, en apenas una mañana, le ponen pavesas de olvido a la transparencia del día. 'La Vanguardia' no se hace eco de tu fallecimiento: ese vacío sólo es la cámara de resonancia donde se ha de construir tu leyenda. Quedan algunos admirables y breves libros: 'Rapsòdia nocturna', 'Arquitectures d'absència' y 'Quaderns de retorns'; queda de la vida la ceniza y tal vez la sorpresa de que en el juego de la vida se lo juega uno todo contra la muerte. Ya sabías, tan lúcido como eras, que se pierde siempre y que las reglas del juego se comprenden, si es hábil el perdedor, mucho antes de reconocer en las señas indescifrables los naipes marcados. Quedan tus libros que algunos cómplices guardamos, queda tu mirada desolada ante el espejo. Marcos Tramón te tradujo un poema al castellano en 'Los días que te explican', aquel sobre Romy Schneider, y hoy esas palabras recordadas brillan entre los rescoldos cálidos de la memoria. ¿Cómo me gustaría estar con Jeroni Salom y Joana Artigues para acompañarles un poco! Iríamos, por la noche, al Indigo, si es que sigue abierto allí en la cuesta de Gomila. Ya colgarán las glicinas de sus muros y las 'dones de nit', en el jardín secreto, exhalarán su perfume.

Fue en 1986, nuestro primer encuentro. Tú y Jeroni cruzabais la isla literaria con el martillo de la crítica inteligente en la mano franca y no había poeta, local o 'foraster', que se zafase de vuestra crítica enamorada de la exactitud. Nos conocimos en el Indigo, que tú llamabas el Indigno, y ya en el primer encuentro nos confesamos la admiración por Gabriel Ferrater y Cesare Pavese; tú me recomendaste que leyese a JV Foix y yo te recité, en mi catalán tambaleante, los primeros versos de 'Sol, i de de dol'; meses después, cuando ya la isla era un refugio ingrávido para los días de lluvia, me enviaste a Asturias una fotobiografía del poeta y 'Les irreals omegues'. Recuerdo tu letra, escrita con tinta verde, apretada y nerviosa, sometiéndose a una armonía buscada; también tus poemas eran así: un lago de aguas aparentemente tranquilas pero cruzado, bajo su superficie, por bruscas corrientes y remolinos peligrosos. ¿Recuerdas aquella noche? Inaciu Iglesias planeaba la arquitectura de la noche y Joana estaba preciosa con su vestido azul. Yo le dije, saludando la belleza como sabía, que parecía asturiana. Jeroni, socarrón y amigo, me preguntó si le quería quitar la novia. La noche tenía la consistencia de lo encontrado y perdido y vuelto a encontrar. En el pick up del 'Indigno' pusieron una canción del Gato Pérez y tú te pusiste a bailar con la más fea del bar, una sueca despistada, pisando sobre las sílabas de la melodía un destino que aún no te atrevías a aceptar.

«Este género divino, esta música excelente, / que es la música del pueblo con la que baila la gente, / tiene un gran problema, amigos, tiene un serio inconveniente,/ exige tantas energías que la salud se nos resiente». Y 'Ahora vengo yo a cantar distinto' fue la siguiente canción y aquella noche, todavía si la recuerdo, parece no acabar nunca. Yo me fui con aquella muchacha de Maria de la Salut, frágil como un junco, que a ti tanto te gustaba.

Cada cierto tiempo llegaban tus cartas, cada mucho tus libros. Nos encontramos otra vez, en 1990, en Palma: fuimos a ver 'El marido de la peluquera' de Patrice Laconte y a la salida planeamos irnos, de piratas, a alguna orilla civilizada del Mediterráneo. Después para mí vino el interregno de la nada, donde tuve que refrenar mi dolor: ni siquiera fui a la boda de Jeroni y Joana, pues no me atrevía a mirar cara a cara mi fracaso. Me exilié de mí mismo por un tiempo, entiéndeme, y las cartas se quedaban en mi mesita sin contestar. Como Espronceda, de quien tanto nos reíamos y a quien tanto admirábamos, tiré todo lo que tenía en el Tajo, en Lisboa. A veces, por las calles del mundo difuso, tarareaba la canción del Gato Pérez: «Si el cantante va cargado casi expresa lo que siente, / si va fresco canta triste y no conecta con la gente. / Melodías eternas encadenan la armonía / cuando el músico es sincero y toca trozos de su vida». Se fuerza la máquina, sí, se fuerza la máquina por este laberinto por el que vamos haciendo chispear las contradicciones de la vida.

Te volví a encontrar, dos años después, en un rincón de A Coruña con Antoni Serra, el novelista. Nos miramos a los ojos y nos dijimos que aquella figura retórica de la existencia, aún por definir, no se llamaba azar. Yo, cargado de sombras, te intenté explicar lo inexplicable: cómo había necesitado las sombras del olvido para enraizarme y crecer hacia la luz. Me llamaste olmo, riéndote, y yo acepté mi destino. Tres años después, otra vez en Palma, Francisco Díaz de Castro me invitó a recitar mis poemas en Sa Nostra y, al día siguiente, tomamos el vermut en la terraza del Gelabert. «Maestro de nada y aprendiz de todo», me definiste reconociéndote.

Pregunté por ti y esperaba volver a encontrarte, por esa figura retórica que creía que era la necesidad, y que ahora advierto que es la oportunidad inoportuna, en cualquier esquina del mundo. Nos hubiese gustado charlar en Lisboa, sorprendernos en una sombra esquiva de Roma. He hablado con Joana esta mañana. Jeroni, mordiéndose los puños del dolor, estaba con algunos cómplices esparciendo tus cenizas. Te me has muerto, Manel-Claudi, y yo no sé cómo decírmelo sin matar algo muy mío. Puedo velar tu eternidad un instante que dure toda la vida que tenga. Pero dime: ¿quién lo va a hacer por la nuestra ahora que has decido tu ausencia?

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