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Cultura

JAIME DE ARMIÑÁN DIRECTOR DE CINE
«Ya va siendo hora de que se considere el guión como una obra literaria»
Tras un intervalo de trece años, desde 'El palomo cojo', el realizador madrileño vuelve a ponerse tras las cámaras para dirigir '14, Fabian Road' La película se presenta esta semana en el Festival de Cine de Málaga
06.04.08 -

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Sorprendió en 1971 con una película transgresora, en la que la protagonista, Adela Castro (interpretación extraordinaria de José Luis López Vázquez) era un señor, 'Mi querida señorita'. Fue nominada para los Oscar. Como también lo sería posteriormente 'El nido'. Pero el camino había comenzado bastante antes. Jaime de Armiñán (Madrid, 1927) se inició en el teatro y prosiguió escribiendo guiones cinematográficos en varias cintas dirigidas por José María Forqué. Su última presencia tras las cámaras fue con 'El palomo cojo', en 1995. Esta semana, el mítico cineasta y colaborador de EL COMERCIO presenta '14, Fabian Road' en el Festival de Cine de Málaga.

-¿A qué se ha debido una ausencia tan larga en el mundo del cine?

-En ese tiempo he escrito cuatro novelas y un libro de memorias -'La dulce España'- por el que me han concedido el Premio Comillas. Un guión me lleva dos años de trabajo, y en este momento estoy haciendo otro. Todos los días escribo tres o cuatro horas.

-¿Habrá una segunda parte de sus memorias?

-La comencé, pero desistí porque me parece que esta etapa más reciente carece de suficiente interés. Estoy dándole vueltas a una historia sobre los primeros años de la televisión, en el paseo de La Habana y en Prado del Rey.

-Usted se licenció en Derecho previo paso a embarcarse en la creatividad artística. ¿No se da algún antagonismo entre la reglamentación jurídica y la libertad del arte?

-Siempre quise escribir, desde los catorce o los quince años. Pero mis padres no lo veían claro. Particularmente, la rama materna, que estaba metida en el teatro de toda la vida. Yo hubiera estudiado Filosofía y Letras. Lo que sucedió es que estaba corto de latín, como dicen los toreros.

-¿Qué recuerdos tiene de los pasos iniciales con José María Forqué, el padre de Verónica Forqué?

-Es curioso, por entonces Verónica era la hija de José María Forqué, y ya hemos llegado a que se le reconozca a través de ella... Era un director espléndido, magnífico. Y fue padrino de mi hijo Eduardo, de modo que nuestra relación se extendió más allá de lo profesional. El primer guión que escribí para él, a instancias de Adolfo Marsillach, fue 'El secreto de Mónica' (1961). Se habían atrancado y pensaron que yo podría resolverlo. Claro está, no salvé la situación. No obstante, creo que la película es muy válida. José María trabajaba mucho con los actores, particularmente con las actrices. Hicimos juntos cuatro o cinco películas a continuación. Cuando supo de mi intención de permanecer en el cine, me dio un consejo: «No te metas en líos», Y yo le pregunté que le habían aconsejado a él en los comienzos. «Que no me metiera en líos», fue lo que me respondió.

-¿Cuál es la importancia del guión en una película?

-El guión es la pieza angular, aunque en España -y también en Estados Unidos, ya se ve la huelga de guionistas- no se le ha concedido la importancia que tiene. Con un guión regular, se puede hacer una gran película; sin embargo, si el guión es malo, no hay forma de hacer nada. Ya va siendo hora de que se considere que el guión es una obra literaria, porque eso es lo que es. A los guionistas que no son a su vez directores, se les suele tratar mal. No se respetan. El guión es la base, que después, si uno es asimismo el director, puede modificar. Lo terrible es si el productor elige un director de encargo. En ese caso, es posible cualquier resultado final.

-En 'Mi querida señorita' abordó un tema tan difícil como la identidad sexual, que sin duda en aquella época (1971) debía ser mucho más espinoso que en la actualidad. ¿Se tropezó con grandes dificultades por parte de la censura de la dictadura?

-Pues, la verdad, en ese caso, no muchas. La censura era terrible -tuve ocasión de comprobarlo en varias ocasiones-, pero no era nada sagaz ni inteligente. Reparaba en los trazos gruesos de la moral, la política o la religión, y se le escapaban las sutilezas. Así se colaron 'Mi querida señorita', o 'Furtivos', de Borau; 'Viridiana', de Buñuel. Empleábamos un lenguaje críptico y hacíamos apuestas a ver si lográbamos meterle un gol a la censura. Le dábamos carnaza al tiburón -lo que ya sabíamos que iban a quitar- y manteníamos otras claves.

-En 'Stico' (1984) -premiada en el Festival de Berlín-, introduce la figura de un catedrático de Derecho Romano que se postula como esclavo. ¿Ha tenido preferencia por los personajes heterodoxos?

-Sí, me han interesado. El guión era de Fernando Fernán Gómez, que también la protagonizaba. Era un placer dirigir a Fernán Gómez, con el que también hice dos programas de televisión, 'Refranes' y 'Fábulas'. En 'Stico' fue la única vez que me sirvió de algo haber estudiado Derecho, y el recuerdo del único profesor, el catedrático Ursicino Álvarez, que de verdad mostraba ganas en la enseñanza. La mayoría delegaban en auxiliares. Llevaban la cátedra como se lleva una condecoración.

-Por no salir de la televisión, otro gran actor al que dirigió fue a Paco Rabal, en 'Juncal' (1988) y 'Una gloria nacional' (1992)...

-Del mismo modo que dirigir a Fernán Gómez era un gozo, una lotería, con Paco Rabal he tenido grandes peleas por su mal genio. Eso sí, era una de las personas más bondadosas y cariñosas que he conocido.

-¿Y la fama de cascarrabias de Fernando Fernán Gómez?

-Es completamente falsa.

-¿Heredó de Forqué el gusto por el trabajo con los actores?

-Sin duda, y tengo en la memoria a muchos que han ido quedando olvidados tras las dedicatorias necrológicas: Rafael Alonso, José Bódalo, Agustín González...

-Actores que lo fueron de cine y de teatro, donde usted empezó a escribir profesionalmente...

-Sí, por 'Eva sin manzano' (1953), con José María Rodero -otro actor excelentísimo- y dirigida por Gustavo Pérez Puig, nos dieron el Premio Calderón de la Barca. Y por 'Nuestro fantasma' (1956), el Lope de Vega. Lo que ocurrió es que me aburrí del teatro.

-¿El género ha ido derivando hacia los montajes espectaculares?

-En mi familia ha habido actores, actrices, autores, y siempre he escuchado desde crío que el teatro estaba en crisis. Sigue vivo. Quizá hay alguna exageración con los montajes, olvidando que lo principal es la palabra. Pero lo único que no puedo soportar son las adaptaciones que actualizan los textos. Por ejemplo, disfrazar a Hamlet de oficial de la Gestapo...

-¿Han tenido sustitutos autores como Marsillach o Buero Vallejo?

-Son insustituibles. Por otra parte, la tendencia es la del trabajo colectivo. Hay una persona que escribe, pero el resto del grupo, en 'Animalario', en 'Els Joglars', contribuye.

-¿El título de su memorias, 'La dulce España', esconden amargura?

-El 80% es amargo, el fracaso de la guerra civil, que yo viví con ocho, nueve y diez años... Es una época en la que predomina la amargura. 'La dulce España' es el nombre de una confitería.

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