
En principio, se hacían necesarios varios viajes, pues era mucha la carga y no resultaba posible salir de allí con semejante tonelaje en un único vuelo. Además, se encontraba el grupo del aragonés Carlos Pauner a la espera de hacer lo mismo que nosotros, así es que después de cargar unas dos toneladas tres de nosotros nos montamos en el aparato. Yo subí, eso sí, con el recuerdo amargo de hace dos años, cuando nos vinimos abajo al poco de despegar, en esta misma montaña. El piloto le dio la máxima potencia y dejó que el aparato se deslizara vertiginosamente hacia la pendiente para después iniciar la remontada con un giro brusco hacia la izquierda que nos puso delante de la cara Oeste del Dhaula. La altura no era suficiente, así que debió de dar otro giro completo hasta ganar la altura imprescindible para remontar valle arriba hacia el campo base. Cierto es que todas estas maniobras fueron ejecutadas con total pericia por el piloto ruso Valery.
Al cabo de un cuarto de hora nos depositó suavemente en el glaciar, envueltos en una gran nube de nieve. Descargamos todos los bultos velozmente y al poco tiempo se elevó de nuevo en busca de nuestros compañeros de expedición. Nos quedamos en el glaciar rodeados de bidones el ecuatoriano Iván Vallejo, los vascos Asier Izaguirre, Iñaki y yo.
Entraba dentro de lo posible que el helicóptero no retornara debido a que ya casi era mediodía y el tiempo cambia bruscamente a esa hora en esta zona, pero no fue así. En media hora reapareció con el resto del equipo: Edurne Pasaban, Álex Txikón, Fernando González-Rubio, Manolo Benito y Ferrán Latorre. Nos abrazamos en medio del glaciar como si hubiéramos vuelto a nacer, porque estos vuelos no son aptos para cardiacos.
En breve empezamos a trasladar todo el equipo hasta el emplazamiento del campo base, a medio kilómetro de distancia, aproximadamente; fueron 500 metros agotadores. A continuación, nos dedicamos a instalar las tiendas, en medio de la nevada, y al caer la tarde ya teníamos montada la infraestructura imprescindible, incluida la cocina y la tienda de comedor. Mientras, el helicóptero volvió a rugir en el horizonte: era el turno del equipo de Pauner. Sin embargo, esta vez no hubo suerte para ellos, pues el piloto consideró que las condiciones no eran las idóneas y los condujo de regreso a la ciudad de Pokhara.
Una intensa nevada
Esta mañana temprano nos despertó de nuevo el aparato, que traía a todo el equipo de Pauner. A las siete de la mañana los dejó, como a nosotros, en el glaciar.
Hoy hemos dedicado toda la jornada a continuar acondicionando lo que será nuestro hogar a lo largo de este mes. Probablemente mañana haremos la 'puya', la tradicional ceremonia de ofrenda a la divinidad, según el rito budista.
Mientras escribo estas líneas nieva sin cesar aquí fuera. La montaña se encuentra cargadísima de nieve, pero nosotros nos encontramos en perfectas condiciones y en disposición de poder empezar a trabajar en la montaña en unos pocos días.





