Para ver mejor el inmenso caos de estos funcionarios, basta mirar cómo funcionan en una ciudad pequeñita, pequeñita, tan pequeñita que deben de tener diez casos abiertos. Para empezar, se tropezará con unos funcionarios, hoy en huelga, pasotas, ocupados e incluso maleducados, que se negarán a una atención profesional porque ha llegado usted justo en el momento en que solucionaban el sudoku del periódico. Para seguir, tropezará con jueces tan jóvenes y nerviosillos, como novicias cogidas en falta, que se han pasado media vida empollando como gallinas para ganarse una plaza y que ocupan todo su tiempo en ver cómo se largan de esa localidad provinciana a otra mayor y más molona. Mientras, escribirán artículos, asistirán a congresos y toda cuanta vaina sea menester para inflar su currículo. Por supuesto, sus quejas o la idea de justicia se las pasan por el forro de sus aspiraciones y leer alguna de sus sentencias serviría para enviarlos de nuevo a la escuela, por si aprenden a redactar, y mandarlos a vivir un poco para que sepan cómo huele el mundo lejos de sus paridas mentales. Eso sí, esa lentísima rueda donde se incrustan nuestras instituciones creadas para impartir justicia puede arrasarle la vida en su lento y tortuoso girar. Desconectadas, vagueantes, indolentes e investidas con la santidad de sus negras togas, harán que, caso de que usted haya intentado, desesperado, la vía legal, tarde años en recibir respuesta; y, de recibirla, será siempre la menos comprometida para ellos, la que les evite el desvelo, la búsqueda, la seriedad. O perder ciertas amistades. Usted se sentirá como una pulga molesta señalada por su dedo acusador. Que Dios te dé juicios, paisano.
Ni siquiera hay maldad en lo relatado antes, tan sólo pura desidia, vagancia, incompetencia y falta de un mínimo de vigilancia sobre su trabajo. Y claro, el ejemplo de tal comportamiento se inicia en las cúpulas y lo copia hasta el último mono de cualquier juzgado. ¿A ver con quién cree usted que trata!





