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GIJÓN
«Para ir de romería se empeñaba hasta el colchón»
Peltó, adolescente en 1937, cuenta cómo era entonces el ocio en una ciudad que obligaba a olvidar el hambre

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«Para ir de romería se empeñaba hasta el colchón»
VETERANO. José María Peláez, 'Peltó'. / P. NOSTI
Llegó a Gijón, buscando refugio republicano, el 26 de agosto de 1936, cinco días después de que finalizara el asedio sobre el cuartel de Simancas. «Cuando la guerra no había ni cine ni nada, solo los cañonazos del Cervera y los bombardeos de los aviones alemanes». Pero tras el conflicto José María Peláez, 'Peltó' -marino, combatiente, poeta-, pudo conocer, en plena adolescencia, el desarrollo de la vida social en una ciudad marcada por el hambre y, sobre todo, por la necesaria picaresca que ayudaba a seguir adelante. «En aquella época lo importante era engañar al cobrador del tranvía o de la jardinera para no pagar los 15 céntimos que nos costaba ir a Somió». El Parque de Somió era entonces punto obligado de encuentro para el ocio, con deportes, baile, merienda y, sobre todo, evasión de la miseria del día a día.

Peltó cuenta como él llegaba al calzado con unas alpargatas de fina suela, «poco más que el corcho de una botella» porque el dinero no permitía más. Así, los días de lluvia se veía obligado a bajar del tranvía con sus alpargatas colgadas al cuello, «para no mancharlas y tenerlas limpias para bailar». Y es que el baile, las romerías, eran la gran actividad de entonces para entretenerse los días que no tocaba romperse el lomo trabajando de sol a sol. A finales de los años 30 y principios de los 40, en concreto, la mayor romería, cuenta Peltó, era la que se celebraba en Granda. Una cita con tal éxito que, asegura, «mucha gente llevaba a la casa de empeños los colchones de su casa para conseguir dinero para ir a la romería».

Y junto con el baile, el cine. Por la guerra, Gijón se quedó sin él hasta el 38. Pero después, poco a poco, empezaron a reabrirse salas. Las películas del cine Roma, del de la calle Cabrales, de los Campos Elíseos, eran otra alternativa para el ocio, con doble sesión a 25 céntimos. «Eso sí, sonaba el himno y teníamos que ponernos todo el cine en pie con la mano extendida».

Forofada sportinguista

La vida social también giraba entonces en torno al fútbol, con una atracción social muy similar a la que mantiene hoy día. Los domingos el campo del entonces Real Gijón recibía semana sí y semana también a miles de aficionados. Como señala Peltó, «la forofada del Sporting siempre fue terrible. No sé si era mayor aquella o la de ahora. Era muy parecido».

Baile, cine, fútbol... vías de escape, en definitiva, de una época en la que «la mayor ilusión que se podía tener, después de trabajar toda la semana, era poder comer apenas un torto de maíz». Un Gijón de posguerra donde «soñabas con tener unos zapatos del número 38 que costaban 20 pesetas, pero ni siquiera llegabas a ellos». Pero la ciudad seguía viva.

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