
Peltó cuenta como él llegaba al calzado con unas alpargatas de fina suela, «poco más que el corcho de una botella» porque el dinero no permitía más. Así, los días de lluvia se veía obligado a bajar del tranvía con sus alpargatas colgadas al cuello, «para no mancharlas y tenerlas limpias para bailar». Y es que el baile, las romerías, eran la gran actividad de entonces para entretenerse los días que no tocaba romperse el lomo trabajando de sol a sol. A finales de los años 30 y principios de los 40, en concreto, la mayor romería, cuenta Peltó, era la que se celebraba en Granda. Una cita con tal éxito que, asegura, «mucha gente llevaba a la casa de empeños los colchones de su casa para conseguir dinero para ir a la romería».
Y junto con el baile, el cine. Por la guerra, Gijón se quedó sin él hasta el 38. Pero después, poco a poco, empezaron a reabrirse salas. Las películas del cine Roma, del de la calle Cabrales, de los Campos Elíseos, eran otra alternativa para el ocio, con doble sesión a 25 céntimos. «Eso sí, sonaba el himno y teníamos que ponernos todo el cine en pie con la mano extendida».
Forofada sportinguista
La vida social también giraba entonces en torno al fútbol, con una atracción social muy similar a la que mantiene hoy día. Los domingos el campo del entonces Real Gijón recibía semana sí y semana también a miles de aficionados. Como señala Peltó, «la forofada del Sporting siempre fue terrible. No sé si era mayor aquella o la de ahora. Era muy parecido».
Baile, cine, fútbol... vías de escape, en definitiva, de una época en la que «la mayor ilusión que se podía tener, después de trabajar toda la semana, era poder comer apenas un torto de maíz». Un Gijón de posguerra donde «soñabas con tener unos zapatos del número 38 que costaban 20 pesetas, pero ni siquiera llegabas a ellos». Pero la ciudad seguía viva.





