(«-Yes bastante más inútil que´l túnel del metrotrén- me recriminó mi idolatrada madre política.
-Tiene usted toda la razón señora mía- asentí sonriente».)
Convendrán también con un servidor que existen profesiones en las que, paradójicamente, la razón brilla a veces por su ausencia por el hecho de aplicar esa regla universal afirmadora de que el cliente siempre tiene razón. Más concretamente, hablo del admirable gremio formado por los camareros de chigre cuya profesionalidad los lleva a contemplar impertérritos cómo hay clientes capaces de hacer maridajes tan espurios como callos con refresco de cola, oricios con agua mineral, fabada con zumo de naranja... y un largo etcétera.
Una vez llegados al hábitat astur llamado sidrería, aprovecharé para contarles una anécdota acontecida en el Bar Baridad:
Hace unos meses comenzó a frecuentar el chigre un cliente solitario, cuarentón, que pedía siempre una botella de sidra con tres vasos, rogándole al camarero que escanciara sin pausa un culín en cada uno de ellos. Los ingería, fumaba un cigarrillo y volvía a repetir la operación. Días más tarde, el escanciador se permitió hacerle esta observación:
-Si le echo los culinos de uno en uno a medida que los bebe, la sidra estará más espalmada y más rica.
-Ya, amiguín, pero el casu ye que se trata de un rito sentimental en recuerdo de los mis hermanos pequeños, dos leyendes urbanes que tuvieron que ir a buscase la vida en el extranjero. De esta manera hágome la idea de que bebemos juntos.
Pasaron algunas semanas, hasta que un día el hombre se acercó a la barra y pidió una sidra y sólo un par de vasos.
-Le acompaño al sentimiento- dijo el camarero. El cliente le aclaró con expresión risueña:
-Ye que me diagnosticaron una enfermedad hepática, y tendré que dejar la bebida durante un tiempu.
Una razón de peso.





