TRES hombres, ciegos de nacimiento, discuten sobre elefantes. Después de horas de cháchara y suposiciones, deciden acercarse a uno de los paquidermos que se hallaban por allí, tranquilos en su naturaleza, para desentrañar el misterio. No hay hipótesis que valga sin una pragmática comprobación. Así que dispuestos a descubrir la realidad, cada uno de ellos se queda en una zona de observación. El primero de los ciegos se puso al lado de la pata del elefante; el segundo escogió la trompa y el tercero quedó situado en la parte de atrás del bicho. Un bicho pacífico y complaciente, ajeno a la importancia del acontecimiento. Transcurrido el tiempo necesario, en el que cada uno de los tres ciegos utilizaron pericialmente todos sus sentidos, retomaron la discusión. «El elefante -dijo el primero de los ciegos- es como una gran columna rugosa que nace del suelo y se eleva hasta el cielo. Esta es una verdad incuestionable». El segundo de los ciegos movió la cabeza: «el elefante -dijo- es un tubo flexible y uno de sus extremos está húmedo. Esto es cierto y por mis observaciones puedo dar fe del hecho». El tercero de los ciegos se agitó molesto, en su asiento: «de ninguna manera -dijo- el elefante es una masa gigantesca, rugosa, maciza, que se sostiene sobre dos columnas móviles y de cuya parte superior cuelga una soga que se mueve como un látigo. Es una evidencia palpable». La fábula india fue utilizada, entre otros supongo, por Donald Puchala para ilustrar la existencia de miradas muy diferentes sobre lo que es la Unión Europea. También nos sirve para enfocar las distorsiones que se perciben desde hace días sobre el llamado 'caso Mari Luz' y sus incongruencias judiciales.
Ahora que se exigen medidas de reforma, cambios en la formación del Consejo General del Poder Judicial, una piensa en los elefantes y en las verdades incuestionables que cada cual tiene del sistema. Ya sabemos que todo es según del color del cristal con que se mira. Sabemos que ante el análisis de un mismo fenómeno, se alzan enfoques que centran su atención en un factor distinto. Sin embargo, aún conscientes de todo esto, de los elefantes, de los tres hombres ciegos, del color del cristal y otros condimentos, nos dejamos llevar por sensacionalismos inmediatos y muy baratos. Así, esos requiebros amarillistas que alientan las enmiendas judiciales o constitucionales, deberían concitar más nuestro asombro, por decirlo suavemente, que nuestro acuerdo o desacuerdo. Resulta inmoral, y patético, escuchar argumentos de quién sólo ha visto la trompa, la espalda o la pata del elefante. Y, no obstante, nos dejamos llevar como si no fuera con nosotros. Cuando, perdonen la tontería, es de nosotros, de cada uno de nosotros, de quien se está hablando.