Mientras tanto, Bush reza. Dios no podía quedar al margen de la muerte de cuatro mil conciudadanos, porque a Dios hay que tenerlo como cómplice, integrante de bombas de racimo, patria última de muchachos enterrados de azul y blanco con gorra de plato sobre un ataúd de madera noble. A lo mejor no dieron la vida por nada. Fueron enviados a matar y fueron muertos por el eje del mal. Y ahora merecen una oración de su presidente para que Dios les otorgue un cielo posterior al infierno que dejaron en tierra irakí. Bush reza por sus cuatro mil caídos. Por los cientos de miles de ciudadanos irakíes no vale la pena. Ellos sólo son terroristas. No forman parte de la bondad del mundo. Sus mujeres violadas, sus hijos maltratados, mutilados para siempre, no dan elegancia a la vida. Deforman la belleza de la existencia y ni siquiera Dios está obligado a reconocerlos como un fruto hermoso de la tierra. Dios está ocupado con el capitalismo, patroneando la sexta flota, aupándose sobre la sangre justamente derramada para salvar vidas americanas. Dios está situado entre Bush, artífice de glorias petrolíferas, y Aznar, vigía de occidente y defensor cruzado de los valores cristianos. Ofende la desvergüenza de ciertos mandatarios. Su empecinamiento en justificar una masacre que sonroja la decencia de quienes se opusieron a una guerra infame, ilegal, nacida de la mentira. Se fundamentó en la existencia de armas de destrucción masiva. Y ahora que hasta sus impulsores reconocen la falsedad de sus argumentos, siguen justificando el derramamiento de sangre inocente. Y volverían a hacer lo que hicieron. Su orgullo no les permite el arrepentimiento. Prefieren ser considerados asesinos del siglo XXI, emparentados con nombres infames del siglo inmediatamente pasado.
Con ellos convivimos junto a cuatro mil cadáveres contabilizados. Hemos perdido la cuenta de las víctimas de un holocausto.





