El doblete de Ferrari entre el polvo de las dunas deja un reguero similar a cualquier triunfo del Real Madrid. La noticia es la derrota. El centro de prensa internacional había saludado afectuoso la 'pole' del polaco Kubica el sábado, siempre ávido el periodismo de que cualquier novedad distraiga la monotonía de lo habitual. Lo impactante y lo importante, siempre en conflicto. Pero al amigo de Fernando Alonso le temblaron las canillas y no duró un asalto. Falló en la salida y no tuvo una sola oportunidad de ganar la carrera. El rodillo Ferrari-Real Madrid zanjó cualquier debate.
Y el brasileño Felipe Massa condujo plácido en la amplitud de la trazada de Sakhir en dirección hacia su redención. Había que verle en el aeropuerto de Malasia, ceño fruncido, malas pulgas, carreras para evitar moscones. Siempre el rumor que le acompaña de no merecer esa camiseta roja. La amenaza futurista del cachorro Sebastian Vettel, de Fernando Alonso uniformado en Maranello... Y no podrá quejarse el brasileño del comportamiento de Raikkonen. Su actitud respecto a los galones es impecable. Ni el año pasado, ni el anterior ni en el baúl de la memoria se recuerda un incidente del finlandés en discusión por la victoria. Raikkonen parece seguir una norma: el desenlace que depare la salida y las primeras vueltas, que no lo mueva nadie. Salvo en su consagración en Brasil, obligada, necesaria, comprensible, que requirió la cesión del triunfo por parte de Massa, el actual campeón del mundo es un ejemplo de civismo. Nunca presiona a sus compañeros.
Nada que ver con Lewis Hamilton, cuyo perfil de gran piloto se diluye claramente en momentos de presión. Con el viento a favor, el inglés es un prodigio de constancia. Con oleaje en el mar, no es capaz de sujetar tan firme el timón.
Nervios del inglés
Ayer en la salida tardó en apretar el botón correspondiente más tiempo de la cuenta. Los pilotos tienen que lanzar las revoluciones con el semáforo en verde. Un fogonazo en el que ruge el motor. Entre los nervios, las prisas, el calor y el comprensible enredo que debe provocar tener tantas luces en un volante, Hamilton empleó un segundo más de lo que marca el programa. Y el McLaren amenazó con calarse. Tuvo que accionar el 'anti-stop' y regaló el gran premio. Varado en la salida.
Por esas conexiones invisibles y el mundo de las revanchas que concede el deporte, Hamilton consiguió arrancar a tiempo para engancharse a la estela de Fernando Alonso, sumido en la panza del pelotón. Al inglés debió visitarle algún fantasma porque su impetuosa reacción acabó en el desguace. Persiguió a su ex compañero durante una vuelta y en el segundo asalto trató de superarle por avasallamiento, sin sutileza, a la brava, como se hacen las cosas en la Fórmula-1. Soy más rápido, te gano y basta. No hay más que hablar. La falta de finura provocó un accidente. Hamilton embistió con Alonso probablemente porque era más veloz, porque el R28 no le llega a la suela de los zapatos al McLaren-Mercedes. Pero está lo demás. El carácter competitivo, las argucias de la experiencia, las heridas de guerra. Y por ahí el asturiano conoce algún relato. Y una cuestión de lógica aplastante, algo que a veces falla en la F-1. El que da por detrás, siempre tiene la culpa según las normas de convivencia automovilísticas.
Hamilton se quedó sin el alerón delantero y a Alonso le saltó una pestaña de su apéndice trasero. Tarde de perros para ambos. El inglés, con un coche potente, obligado a remontar. Sólo llegó hasta la decimotercera plaza. El ovetense, en su penitencia dominical, acabó como siempre: en la cruz de la X. Décimo. No necesita mejoras para Montmeló. Necesita el maná. ENVIADO ESPECIAL









