Leo en el magnífico libro 'Historia universal de la destrucción de libros: de las tablillas sumerias a la guerra de Irak', de Fernando Báez, uno de los grandes expertos mundiales en destrucción de libros y bibliotecas a lo largo de la Historia, que el 12 de abril de 2003 se conoció en el mundo la noticia del saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad, donde desaparecieron catorce mil piezas menores y treinta de gran valor. Enseguida ardió el Archivo Nacional con más de diez millones de registros del periodo republicano y otomano, y fueron incendiadas las bibliotecas de la Universidad de Bagdad, la de Awqaf y decenas de bibliotecas universitarias en todo el país. En Basora fueron incendiados el Museo de Historia Natural, la Biblioteca pública, la de la Universidad y la Biblioteca Islámica. En la de Mosul se robaron cientos de manuscritos. En Tikrit los bombardeos destruyeron el museo y facilitaron los saqueos. Todo ello en un proceso de aniquilación cometido por las tropas estadounidenses que asistieron impávidas a la destrucción del milenario país que habían invadido.
Irak es hoy un país sin Historia al que ni siquiera le queda el recurso de poder conservarla y transmitirla de palabra porque más de tres millones de maestros, catedráticos, bibliotecarios, médicos e investigadores han huido, se han escondido o han sido asesinados.
Es además un país desestructurado, miserable, violento, de ciudadanos constantemente amenazados, donde se han desatado luchas raciales o tribales o religiosas, azuzadas por siniestros mercenarios a las órdenes de las grandes empresas norteamericanas. Un país donde cinco años de guerra se han cobrado decenas de miles de víctimas, el 95% de ellas civiles; un país que no tiene acceso a sus propios recursos, con un Gobierno a las órdenes del invasor y donde, diga lo que diga Bush, cada día hay más incultura, más fundamentalismo, más violencia, más muerte.
¿Hacía falta seguir defendiendo esta salvajada a la que no se le ve el fin?





